“No hay quien se canse de recibir favores. Luego si hacer un favor es llevar a cabo un acto conforme a la naturaleza, trata de favorecerte a ti mismo al favorecer a los demás.”

Marco Aurelio

Siempre me ha sorprendido que dentro del pragmatismo romano existieran personajes capaces de reflexionar sobre todo aquello que se podría considerar como de asunto griego; es decir, la filosofía en sí misma y todo lo que ella incumbe. Me ha resultado obvio que Roma explotara la arquitectura e ingeniería civil con el fin de levantar grandes construcciones que mejoraran la calidad de vida y facilitaran el avance y conquista de nuevos territorios, es algo casi obvio. No obstante, siempre me cuestiono si realmente los romanos necesitaban a Cicerón, Séneca o Marco Aurelio.

Probablemente Cicerón sea el elemento más normativo de los citados; cultiva la retórica, el arte del convencimiento y la política. El saber hablar en público y poder enfrentarse en un debate a un oponente sabiendo cómo y en qué momento mover ficha. Pero el estoicismo, doctrina que nace en Grecia, se va apoderando poco a poco de muchos grandes sabios romanos hasta llegar a convertirse en máximos exponentes de este modo de vida.

Yo me imagino a Marco Aurelio, todo un emperador romano, vistiéndose cual saco de patatas y no puedo evitarlo: me da la risa. Me da por trasladar esa escena al ahora más inmediato; como si yo saliera por ahí vestido de franciscano. A ver, las cosas como son, yo siempre salgo a tirar la basura en pijama, me da igual que los vecinos me observen en toda mi plenitud. El atuendo va acompañado de unas clásicas zapatillas de “estar por casa” que mi familia no se corta al calificarlas como “de abuelo”. La cosa no es del todo comparable: Marco Aurelio era cabeza de un imperio y yo soy cabeza de mí mismo que ya es suficiente.

Lo que sucede es que me gusta charlar con mis libros, soy un tipo raro y sin remedio a la vista. Los libros de mi partircular biblioteca están ordenados alfabéticamente: primero va Alberti, luego Baroja, Bradbury, Cortázar y así con todos hasta llegar a Wilde, que sigue siendo el último. A los libros les cuento mis inquietudes como ellos me cuentan las suyas una y otra vez. Procuro tenerlos bien acompañados, no me gustaría que se pelearan entre sí por tener al lado a un escritor de esos cabroncetes que caía mal. Tengo alguna que otra trifulca con mi buena madre por este motivo; ella tiende a desordenar mi perfecto desorden y junta libros así como el que no quiere la cosa: mezcla gente, idiomas y es un lío morrocotudo: acaban todos peleados. Tengo que llegar yo a establecer el armisticio y poner a cada uno en su lugar.

Luego están esos libros que no están en la estantería, sino en la mesa. Unos pocos privilegiados que o bien estoy leyendo o me gusta tener siempre a mano. Poe, Lovecraft, García Márquez, Pérez-Reverte, Verne, Aristóteles y últimamente H. G. Wells forman parte de este selecto club. Marco Aurelio nunca jamás ha estado en la estantería, fue el primero, el fundador de los libros en la mesa, que es una encimera muy amplia donde se almacena mierda por doquier. Este tipo me lleva acompañando un par de años por todos los sitios en los que he estado. Marco Aurelio ha estado en México, en Cuba, Viena, Huelva, Cádiz, ha visitado un par de universidades madrileñas y conoce cada rincón de mi casa. Siempre que lo abro me da pena seguir leyendo porque no quiero acabar jamás de hacerlo.

El emperador filósofo decidió abrazar el sabio consejo del estoicismo con su toque personal, pero en sus meditaciones se deja clara una cosa: lo primordial es ser buena persona y actuar conforme a un juicio justo. Me asombra que retratara a la sociedad actual hace casi dos mil años: lo clava. Pero el bueno de Marco Aurelio debió ser un tío cojonudo de esos rarunos y pocas veces comprendido; yo le intento entender, pero al final es él el que me acaba teniendo que comprender a mí.