Íker tenía razón

Desde hace un par de años soy un gran aficionado al programa televisivo Cuarto Milenio y su gran equipo. Se podría decir que la persona al mando de un proyecto de tales dimensiones es el gran comunicador Íker Jiménez. A mí me solía pasar como a michos otros; relacionaba el programa emitido en Cuatro los domingos por la noche con fantasmas, apariciones terroríficas y miedo general.

Recuerdo una vez en la que me armé de valor y encendí mi televisor de mi dormitorio para afrontar lo que se me pusiera enfrente. No duré ni tres minutos: había una recreación de una aparición de algo similar a una sombra en una casa con dos niños en Asturias (o algo así quiero recordar) que databa de hace muchos años, pero sus protagonistas seguían con vida. Me atemorizó de tal manera que todavía hoy recuerdo la escena con pavor.

No sé muy bien por qué, cuando aún cursaba segundo de bachiller, se me vino a la cabeza poner los programas a modo de maratón, eso sí, de día y grabados. Me enganché como si de una serie se tratara, no podía parar de ver todos aquellos enigmas. Para mi sorpresa, descubrí que en Cuarto Milenio se hablaba de muchas cosas: accidentes aéreos, ciencia, el universo… Fue una revelación. A partir de ese momento me hice miembro de la Tribu Milenaria. Ahora sigo las aventuras del equipo desde Milenio Live y los libros de todos los colaboradores.

No soy muy fan de las conspiraciones, creo que en alguna ocasión ya lo he comentado. Creo que el hombre llegó a la luna en 1969 y que el 11S fue a causa de un atentado terrorista islámico. Pero he aprendido a escuchar todo tipo de opiniones; se podría decir que con el tiempo me he hecho a mí mismo a base de tolerancia y cultura. No me importa escuchar a escépticos y creyentes, la base del raciocinio se fundamenta en la pluralidad de pensamiento. Así pues, no falto a mi cita todas las semanas con el programa dirigido por Íker Jiménez, sin embargo, hubo uno que me perdí, más aposta que sin querer, y que ahora pienso en su importancia.

Varias semanas antes de la irrupción del coronavirus en España, Cuarto Milenio estrenó un programa en el que se hablaba con expertos largo y tendido sobre la nueva amenaza mundial. Me lo vi un rato, pero decidí saltar esa parte. En mi mente sobreinformada no cabía ni un ápice más de lo que yo consideré por aquel entonces alarmismo. Ahora se entiende que efectivamente era alarmismo, pero no injustificado. Íker avisó, pero una gran mayoría no quisimos escuchar. Hicimos caso a los mismos papanatas de siempre afiliados a las tertulias de los programas de televisión en vez de a expertos entendidos y dedicados al tema.

He estado pensando por qué hice tal cosa cuando siempre intento ser fiel a uno mismo, la psique nunca deja de sorprenderme. Esta vez me defraudé. Ahora bien, ¿a qué se debe ese cambio de perspectiva? Me lo he planteado durante todo el tiempo que llevo encerrado en casa; me gusta leer, informarme bien y crear un juicio justificado sobre los temas que me importan. Creo que al equivocarme terminé por determinar que el coronavirus no me importaba. Me equivoqué, no cabe ningún tipo de duda.

Lo que me cuestiono cada día es por qué creo a los diferentes invitados que cuentan cómo apariciones fantasmagóricas les aterrorizan de por vida y cómo fue posible no creer ante la evidencia. Es posible que la mayor parte de nosotros formáramos parte de un grueso de la población alentado por el movimiento contraalarmista. Creímos en algo irracional y nos acabamos equivocando porque en la salud no prima la fe, prima la evidencia.