Medioambiente y coronavirus: las caras de una moneda trucada

Y, de repente, dejamos de funcionar. Histeria, desobediencia, confinamiento, restricciones sociales, desbordamiento de los sistemas sanitarios, críticas y reproches, miedo, muertes, fakes news y coronavirus.

Tan lejos quedaba la enfermedad el pasado mes de diciembre en Wuhan y tan cerca quedan ahora la ficción y la realidad.

En estas semanas ya nada es lo suficientemente relevante como para compartir un espacio informativo con el coronavirus. Los datos se desbordan por sí solos y, con ello, la preocupación de muchas personas.

Durante estos días, nos han llegado imágenes sobre el posible “lado positivo” del coronavirus: el descanso del planeta. Animales disfrutando de libertad de las calles vacías, delfines deleitando un mar más limpio e, incluso, una atmósfera menos contaminada por el descenso de la movilidad. En otras palabras, la libertad animal y ambiental sin la acción humana.

No obstante, cuando algo parece que comienza a funcionar, otra cosa empieza a fallar por otro lado. Y es así. La crisis del coronavirus no solo deja “fantásticos e idílicos resultados” que, realmente no lo son del todo, pero sí es un lado positivo incierto.

En este artículo, lejos de seguir aumentando la alarma social, se tratará de averiguar si el coronavirus está siendo o no suficiente para apaliar el cambio climático. Un reportaje crítico y, en tiempos de estar en casa, jugoso para el propio entretenimiento de aquellos que desean cultivar sus conocimientos, que muestra una cara más del coronavirus.

El descenso de los desplazamientos: indudable reducción de emisiones

Desde que el coronavirus caló con notoriedad en España a principios del mes de marzo, las medidas de contención han ido cobrando un mayor grado de limitación en la sociedad española. En primer lugar, se decretó el teletrabajo y la suspensión de las clases en todos los niveles educativos. A partir de este momento, la movilidad entre los ciudadanos disminuyó y, con ello, el tráfico. Sin embargo, los niveles de dióxido de nitrógeno (NO2) bajaron considerablemente con la aplicación del estado de alarma, medida que restringe aún más el uso de vehículos.

Según datos de Greenpeace, las cifras se han desplomados en Madrid y Barcelona, ciudades donde apenas las emisiones han alcanzado el 40% del límite que la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Unión Europea (UE) han estipulado.

A estos datos tan cercanos cabe añadir los obtenidos tras la paralización de un país como es China, gran exportador y productor. El estudio del aire, realizado por los expertos del Centro de Investigación sobre Energía y Aire Limpio (CREA), concluyó que “la reducción del consumo de carbón y petróleo muestra una reducción de, al menos, un 25% de las emisiones con respecto al período comparable el año pasado”. Esto equivale a una reducción del 6% de las emisiones mundiales durante dicho periodo, según señala el estudio.

A su vez, la disminución de las emisiones durante dos semanas representa la reducción de casi el 1% de las emisiones anuales en China. Si esto se produjese todo un año, la bajada de contaminación podría ser considerable.

No obstante, estos datos tan bienaventurados están débilmente sujetos por dos pinzas invisibles: excepcionalidad y provisionalidad.

Son cifras espectaculares que pueden y deben servir como modelo para cambiar el futuro  tan desafortunado del cambio climático. No debemos engañarnos, no son datos estables en los que nos debemos confiar, sino en los que trabajar.

El efecto rebote: no es suficiente

Como hemos visto, la reducción de la contaminación durará lo que las medidas excepcionales de contención de la enfermedad. Una vez concluido el estado de alarma (en los diversos países afectados), el país seguirá con su actividad normal, por lo que la bajada de emisiones solo habrá quedado en demostraciones para aquellos países que no decidan actuar.

“El coronavirus tendrá mucho impacto en las emisiones de España”, señala José Santamarta, economista y responsable del informe sobre la evolución en 2019 de las emisiones del Observatorio de la Sostenibilidad. Este estudio, donde se demuestra que el negocio de combustibles fósiles decide mayormente la pulcritud del aire, determinó que, gracias a la reducción de emisiones en España en 2019 (promovida, en líneas generales, por la eliminación del carbón para generar electricidad), las cifras cayeron en un 5,8% con respecto al 2018.

A todo ello, cabe sumarle el efecto rebote en las emisiones, un fenómeno que, según Pep Canandell, director ejecutivo del Global Carbon Proyect, un grupo de expertos climáticos, está caracterizado por el vínculo que existe entre el PIB mundial y los gases de efecto invernadero. Esto significa que, tras periodos de crisis como en 2008, las emisiones se reducen con notoriedad. No obstante, una vez recuperada la economía e incentivadas las empresas, todo aquella batalla ganada se pierde. El Fondo Monetario Internacional (FMI), pronostica para este 2020 una nueva crisis global, por lo que este patrón de “tira y afloja” entre la economía y el medioambiente se repetirá nuevamente.

“Se debería aprovechar esta crisis para no reactivar la economía como la teníamos hasta ahora”, sugiere Tatiana Nuño, experta en cambio climático de Greenpeace.

Pudimos determinarlo con anterioridad en  nuestro artículo sobre Australia, donde el carbón juega un papel determinante en la crisis climática. Este férreo sistema económico que rige la sociedad deberá ser sustituidos por otro más eficiente y respetuoso, más limpio en todos sus aspectos, a fin de cuentas.

Oculto en la histeria colectiva: un nuevo deshecho directo al mar

La alarma sanitaria por coronavirus ha requerido el aumento de material sanitario y, a su vez, el estrepitoso uso por la población.

Mascarillas flotando en el agua y otras esparcidas en la costa de las playas entre otros residuos, son las imágenes con las que se han encontrado en Soko miembros de la organización conservacionista Oceans Asia. Junto con la Blue Oceans Initiative de WFF, realizan de forma periódica visitas a costas asiáticas para valorar la presencia de residuos, en especial de plásticos.

Como era de esperar, las mascarillas, que se multiplicarán notablemente entre nuestros residuos, no están fabricadas por materiales degradables en su mayoría. Esto supone un considerable impacto ambiental, pues son millones de personas los que se suman al consumo masivo de mascarillas, un uso muchas veces innecesario.

Según la OMS, el uso de mascarillas está destinado a aquellas personas que mantengan contacto con un posible portador del virus o, directamente, personas que empiecen a tener síntomas y así evitar la propagación de gotitas de saliva. No obstante, la organización y los expertos recalcan el importante e indispensable lavado de manos frecuente con agua y jabón o solución hidroalcohólica, una medida primordial que todo ciudadano debería realizar por encima de llevar mascarilla, pues es mucho más eficaz.

Con lo cual, las personas que deben usarlas y las que se disponen a hacer un gasto necesario hacia los pacientes de coronavirus, sanitarios y personas con otras patologías generan una cifra desmesurada de mascarillas, las cuales deben ser repuestas con frecuencia.

“Si de repente tienes una población de 7 millones de personas con una o dos máscaras por día, la cantidad de basura generada es impresionante”, indica Gary Stokes, fundador de Oceans Asia.

Este hecho no solo demuestra la mala gestión del material sanitario, sino el innecesario gasto que pagará nuestro ecosistema, como es de costumbre.

Resultados excepcionales que deben convertirse en ejemplo a seguir para revertir la situación. Un análisis de lo que podría pasar si las cosas se hiciesen de otra manera y, a la par, un examen de conciencia.

No es un descanso para el planeta, es un aviso que nos insta a ser prudentes y consecuentes con nuestras acciones y con nuestras decisiones que involucran a la actividad política.

Sí, #YoMeQuedoEnCasa, pero para ayudar, no para ejercer un efecto contrario.