No tenemos remedio

El Gobierno decretó el Estado de Alarma el pasado fin de semana. Esta nueva situación supone el confinamiento de las personas en sus hogares y únicamente se puede infringir en situaciones de carácter excepcional: ir a comprar, ir al médico, ir a trabajar o sacar al perro. Durante el fin de semana parece ser que el miedo nos entró en el cuerpo y una gran mayoría hicimos caso a las autoridades: nos quedamos en casa tal y como establecía el Real Decreto.

La situación ha ido a peor. Muchos nos dejamos llevar por la corriente más laxa con respecto al nuevo Coronavirus; creímos que lo mejor era no causar más alarma de la estrictamente necesaria. Yo publiqué un artículo en el que hablaba de todo esto: ahora entono el mea culpa. No se puede decir que no lo vimos venir, sino que no lo quisimos ver. Había demasiada información para después no contar nada; desde Leteo decidimos que lo mejor era no repetir cifras y datos irrelevantes y así hemos seguido. De vez en cuando bromeo con los demás miembros del equipo y digo que “si Leteo sobrevive al virus, seremos el único medio que lo ha hecho sin explotar vilmente el Coronavirus como fuente de visitas.

El caso es que hoy había estaciones ferroviarias con aglomeraciones de gente propias de hace un par de meses. Tanto para tan poco. Muchos se preguntan hoy para qué han cumplido con la ley si hoy el metro estaba hasta arriba. Se comentaba por las redes aquello de “no podemos salir solos a dar una vuelta por el campo, pero hoy los vagones repletos de gente que iba a trabajar”. Y, en efecto, la gente iba atrabajar. Se han cerrado bares, establecimientos de ocio y todo lo que no fuera indispensable, pero oficinas, almacenes y obras continúan abiertos. ¿Cuál es el sentido entonces?

No lo veo claro, sinceramente. Si lo que se quiere es cortar la propagación de la pandemia, todos a casa, pero si lo que buscamos es hacer el imbécil (que no sería la primera vez), lo estamos bordando. Yo llevo en casa desde el pasado martes, la cuarentena obligatoria me pilló haciendo pellas de la universidad. Desde entonces no he vuelto a salir a la calle más que a tirar la basura y una vez que tuve que comprar. Tampoco está tan mal; me paso el día en pijama, leyendo y viendo buenas producciones audivisuales. Es verdad que echo de menos a los amigos, el contacto humano, las risas y el “tomar algo”.

Lo bueno del asunto es que será pasajero como todo en la vida. Yo no me quedaré sin libros ni películas, sin embargo, estoy deseando con todas mis ganas que el deleznable bicharraco desaparezca para volver a decir eso de “mañana nos vemos”.