Crónica del descontrol sanitario

En Leteo hemos podido hablar con personas directamente afectadas por el padecimiento del Coronavirus y el fallecimiento de un familiar cercano. Esa familia ha querido que contemos y denunciemos cómo ha sido ese proceso de internamiento en el hospital y el fatal desenlace.

Una mujer de 97 años ingresaba en el hospital Ramón y Cajal por complicaciones respiratorias. Los médicos deciden ingresarla debido a la gravedad de su situación. Hasta ahí todo parece normal; muchos familiares visitan a la enferma, la cuidan y pasan muchos días y noches con ella. Así hasta quince días con sus respectivas noches.

En el último día se decide hacer a la anciana la prueba del Coronavirus para confirmar o descartar la presencia de esta enfermedad en su cuerpo. El día transcurre con aparente normalidad dentro de la evidente gravedad del asunto. El cuerpo médico se negaba a recoger alguna muestra de saliva de la enferma; se pidió a los familiares que fueran ellos los que cuando la enferma expulsara un esputo, recogieran la muestra para hacer las pruebas correspondientes. Cuando cae la noche, a eso de las 00.00, el equipo médico comunica a los que debían abandonar inmediatamente el hospital. Se debían tomar las consecuentes medidas de aislamiento y prevención a causa del Coronavirus y al parecer, según los servicios médicos, los familiares no podían someterse a dichas medidas. Contra la voluntad de los familiares, se los envía a sus domicilios diciendo que la enferma estaría vigilada completamente por el equipo médico.

No sin protestar y con el disgusto en el cuerpo, los familiares deciden respetar la autoridad médica y acatan sus órdenes: regresan a sus domicilios. La sorpresa máxima vino a eso de las 03.00: la mujer había fallecido; una enfermera se disponía a tomarla la temperatura cuando se dio cuenta de que ya había fallecido. Por supuesto, los familiares no daban crédito de la noticia pues eso no era lo que pocas horas antes se les había comunicado en el hospital.

Una vez la enferma falleció, la familia recibió el informe de la muerte en el que se detallaba que la causa del deceso era el Coronavirus: la familia no sabía que la enferma padecía esta patología hasta ese momento.

El calvario de la familia no había hecho más que empezar. Posteriormente se les avisa de que no podrán velar a la difunta, es decir, se suspende el velatorio y el ataúd queda precintado hasta la incineración del cuerpo. La familia no pudo ver a la mujer desde que les invitaron a abandonar el hospital. En las 24 horas correspondientes y legales previas a la incineración se prohibió cualquier tipo de velatorio. El cuerpo fue incinerado, pero para la familia continúa la pesadilla.

Se les comunicó a todos los familiares que habían estado en contacto con la mujer durante los quince días de ingreso hospitalario que debían guardar una cuarentena y estar en contacto telefónico diario con un médico. Ahora bien, todo el que haya pasado por esa habitación o tuviera contacto directo con la enferma debería seguir también la cuarentena: enfermeros, médicos, más pacientes y la familia. Todos esas personas son más que susceptibles de contagio por una evidente falta de control, prevención y coordinación sanitaria.

Las pruebas por el Coronavirus se realizaron a la enferma dos semanas después de que mostrara síntomas evidentes, es decir, en todo ese tiempo el virus se ha podido propagar perfectamente entre una ingente cantidad de personas pues todos los familiares que estuvieron con la paciente también realizaron vida social: sus hijos, amigos, vecinos y conocidos son personas que también pueden haber contraído el virus. En la habitación de la enferma había otra persona ingresada con diversos cuidadores, los médicos y enfermeros que atendieron a la fallecida y los familiares no llevaron mascarilla en ningún momento. En los quince días que todas esas personas compartieron espacio en el hospital, ninguna medida de contención fue tomada.

Sanidad ha denegado a la familia la posibilidad de realizarse las pruebas de Coronavirus a pesar de mostrar síntomas de haberse contagiado: varios miembros de la familia tienen fiebre alta, dificultades respiratorias y grandes dolores musculares. Sólo reciben las mismas órdenes día tras día: quédense en casa, hagan la cuarentena, no establezcan contacto humano…

Ahora ya sólo queda la duda porque la enfermedad se ha cobrado una vida, pero ¿cuántas vidas ha cambiado? De lo que la familia está segura es de que se ha podido actuar mucho mejor; se preguntan por qué les echaron del hospital la última noche si ya habían estado en contacto directo quince días. También se cuestionan por qué no pudieron velar a la fallecida, o siquiera verla. Y todos nos preguntamos de qué valen las medidas anunciadas por el Gobierno si estos casos se siguen repitiendo.