Tengo un perro que ronca

Convivo con una gran variedad de seres: desde humanos (de varias edades) hasta un loro que casi está tan loco como yo. Por ahí aparecen mis colegas, tres perros que hacen de mis monólogos diálogos (o al menos discursos).

Un San Bernardo de 80 kilos es como mi sombra; duerme en mi habitación, se tira pedos pestilentes, eructa cuando pretende comerme la cabeza y ronca como si tratara de tragarse el habitáculo en el que se encuentre. La gente no suele creerme; es normal, yo tampoco lo haría porque hasta a mí me parecía surrealista. El perro decidió en algún momento de lucidez pasar la mayoría de tiempo en mi habitación porque no me importa que huela mal y ronque mucho. Al pobre animal le llovían almohadas y cojines todas las noches porque el taladro que tiene como hocico hacía imposible la convivencia nocturna de mascota-dueño.

A mí me cae bien; suelo decir que es un buen tipo. Muchos se ríen de mí y lo entiendo, yo también lo hago. Suelo decir que mis perros son los más cultos del mundo: mientras yo me pegaba severas palizas a estudiar historia, latín, griego, literatura o economía, ellos asistían estoicamente a cátedras de aburrimiento que duraban semanas. Yo estudiaba y recitaba la lección en alto y ellos se compadecían de aquel pobre chaval caído en desgracia hablando latín por las esquinas.

Todos los animales de la casa tienen nombre, empezando por mí. Yo juego a cambiárselo; no es cuestión de crueldad, sino de refinamiento. Macu, un loro gris de cola roja cuyo aspecto comparo con el de una paloma poseída que es capaz de hablar, recibe el cariñoso apelativo de Doña Inmaculada Concepción. Le debe gustar, aunque es verdad que es algo más largo que su nombre de pila (si es que los loros grises de cola roja tuvieran semejante cosa), porque comenta de vez en cuando aquello de “hola, doña Macu”. Supongo que tendrá su personalidad y ha juntado lo mejor de cada nombre; es un apelativo corto y razonable, pero no renuncia a su condición de señora. Yo haría lo mismo.

Los perros reciben, por desgracia, apodos menos glamurosos. Nemo no necesita ninguno. Creo que mis vecinos estarán descojonados cada vez que digo “vamos, chiquitín” y ven salir a algo parecido a un mastodonte cuyas babas llegan a rozar el suelo. Tienen varias peculiaridades, las babas, claro; se trata de elementos semilíquidos que actúan como tela de araña de Spiderman: se pegan en los sitios, pero si su inicio sigue siendo la boca de su productor, son capaces de despegarse sin causar más daños a la superficie en cuestión. También, en ocasiones, van unidas a trazas de pelo y/o elementos de color marrón de índole absolutamente desconocida. Es una proeza de la natura.

Yo no sé a ciencia cierta si ronco. Normalmente me han dicho que no, pero no sé si fiarme. Hume no lo haría, no obstante, es verdad que el condenado inglés no supo en toda su vida si roncaba o no. Sólo pudo comprobar empíricamente que roncaba estando despierto y ambas cosas son incompatibles; una paradoja de nivel descomunalmente absurdo. Yo no ronco (no lo digo de forma categórica, sino como una afirmación pequeñita) y mi perro sí. Tampoco me molesta porque cuando duermo hago eso: dormir. De vez en cuando me despierta, como si de un niño pequeño se tratara, a media noche para que le llene el bidé (elemento que a desgracia del resto de humanos de la casa utilizo como abrevadero animal) de agua; tiene sed. Luego da un poco por culo porque le mola la noche, pero se le suele pasar más o menos rápido y vuelve a roncar hasta que alguien lo levante y diga que ya es hora de ventilar la habitación.

La cuarentena esta de no ir a la universidad no está del todo mal, pero el condenado del animalito se ha afincado en mi cuarto. Qué le vamos a hacer, si en el fondo nos queremos.