El silencio podría considerarse casi como un don. El refranero lo recoge en sentencias como “el que calla otorga” o “en boca cerradas no entran moscas”. Cada uno con su significado; cada uno con sus características.

De ahí se puede deducir que no existe sólo un silencio, sino que el silencio como tal aboga por la diversificación. El silencio no es autónomo, es un elemento fundamentado en otros: la piedra clave de un arco. La quietud forma parte del silencio de forma intrínseca y evidente. No hay quietud sin silencio, pero puede haber silencio sin quietud. La quietud es un estado natural de las cosas; en su forma, los elementos pueden encontrarse alterados o tranquilos: de la máxima relajación surge la quietud como una salvación para los tiempos que corren.

Cuando todo está verdaderamente en pausa se aprecia la sincera apariencia de la realidad: todo corre tras la sombra de uno mismo haciendo un ruido estrepitosamente sonoro e innecesario. Todo se calma cuando las cosas vuelven al orden, a la disposición natural de todo lo que se precia como bueno.

No en pocas ocasiones me han acusado de estar un poco ido por hacer viajes en coche escuchando el ruido del motor o delicadas piezas de piano. He de confesar que me relaja casi en exceso; es una práctica que sólo puedo realizar en ocasiones contadas pues me induce a un estado casi onírico. Normalmente llevo puesta música normal, de la que escuchamos en el día a día. El efecto se aplaca. Hay cosas que tienden a ser mudas por naturaleza, no porque no emitan ruido, sino porque no producen alboroto. Cuando escribes en el teclado de tu ordenador lo que se está produciendo no es un sonido mecánico, sino la melodía de tu composición en palabras. Es mucho más romántico cuando el sonido lo produce una pluma arañando un papel de buen gramaje, pero a veces hay que conformarse con lo que hay.

Me gusta que las cosas permanezcan tranquilas cuando deben. Hay momentos para todo, pero cada vez estoy más seguro de que el agobio al que sometemos a una realidad distendida no es ni bueno ni real. Es fruto de una concepción imaginaria y errónea del tiempo y el sonido. El movimiento suele acarrear ruido: coches en la carretera, pasos al andar o el viento meciendo la hojas de los árboles. Prácticamente convivimos con la cotidianidad de la molestia: todo parece perturbarnos, sin embargo, a la hora de la verdad preferimos cualquier elemento molesto antes que hablar con nosotros mismos en un profundo, reparador y tranquilizante silencio.

El ruido está bien de vez en cuando: una exposición muy elevada a la quietud puede provocar severa intolerancia a todo lo que nos rodea. Pero la quietud es un elemento sonoramente imperceptible que hará las delicias de todo aquel dispuesto a experimentarlo.