El oasis invisible

Lo evidente termina por abrirse paso; finalmente todo tiende a ser lo que parece porque las apariencias iniciales de algo que es lo que en realidad sabe acaban por derrumbarse en un mar inhóspito de escombros de deseo, condicionales y sueños.

Calderón de la Barca decía aquello de “toda vida es sueño y los sueños sueños son”. Pero vivimos en la sociedad del ahora, de las apariencias y el qué dirán. Nos pesan más las cargas ajenas que las verdaderamente propias. Pugnamos por problemas de otros para que los nuestros no den de qué hablar. Tendemos a la complicación intrínseca de una duda cuando no es realmente ni un contratiempo; hemos tirado a Ockham y a su navaja tan lejos que ya no reconocemos ni la mano que los desperdigó. Entre tanto y tanto, no hay un oasis de nada.

La opulencia de apariencia prima frente a lo verdaderamente importante: uno mismo. Dejar de ser el individuo y pasar a ser el fruto de la masa es un cambio radical e innecesario. Ya no somos nuestras decisiones porque no tomamos ninguna; no estamos condenados a decidir, sino a aceptar lo que otros decidan por nosotros.

Todo condiciona todo, nada es impropio de su contexto. Cuando se analiza algo o se toma una decisión, se debe tener en cuenta el valor de lo relacionado en un contexto inmediato y futuro. El valor de una decisión suele ser poco, pero el valor sumado de múltiples decisiones condiciona el contexto de una vida. Atreverse a decidir no es una posibilidad, se trata de una obligación.

Se puede tomar una decisión correcta o incorrecta, pero el caso es hacerlo. En los tiempos de la “locura en las redes”, el “que nada te ate” o “sé libre” estamos terriblemente imbuidos en una espiral destructiva de complacencia con absolutamente todo. Como se suele decir, nos da igual ocho que ochenta. El peligro del asunto es precisamente su componente invisible; como todo nos resbala, nada es necesario. Todo es superfluamente necesario en un contexto materialista.

Acertar o no hacerlo en una decisión por tomar es campo de la futurología, pero hacer de un dilema solución no va más allá de uno mismo.