De Mutshuhito a Naruhito: la monarquía japonesa.

La Casa Imperial japonesa, fundada allá por el 11 de febrero del año 660 antes de Cristo, pende actualmente de un hilo muy joven. Tras el ascenso al trono del nuevo emperador, Naruhito, que conllevó el inicio de la era “Reiwa”, el destino de la institución que desde hace dos milenios decide el destino del país nipón se encuentra más en duda que nunca. Parece una temeridad atreverse a pronosticar el fin del legado del Crisantemo. Sin embargo, se trata de un hecho absolutamente factible, debido a las leyes relativas a la sucesión en el trono existentes actualmente en Japón.

Desde la Restauración Meiji, que abrió el país y le dio en nombre que hoy lo identifica a finales del siglo XIX, cinco emperadores distintos han comandado el destino de Japón. A unos más que a otros les han sonreído la fortuna y la paz, pero lo indudable es que su figura, profundamente arraigada a los principios sintoístas (principal religión en Japón), se ha mantenido imperturbable aún en los momentos más duros de la historia japonesa.

El primero de ellos fue Mutsuhito, venerado como el emperador Meiji, que dio nombre a la Restauración que comenzó con su reinado y culminó con una nueva nación, abolido el Shogunato Kamakura (régimen que controlaba el país a instancias del emperador desde siglos atrás) y unificado el país. En aquel tiempo recibió su nombre: Nihon. La capital del país, llamada Edo por los shogun que gobernaron sobre ella, adoptó un nombre que hoy en día todos conocemos: Tokio, cuyo significado es “capital del este”.

Retrato de Mutsuhito, Emperador Meiji, (Kyoto, 1852 – Tokio, 1912).

Al margen de las nomenclaturas modificadas por la Restauración Meiji, los cambios más importantes que se introdujeron fueron la abolición del sistema feudal y de los privilegios que ostentaban los samurai como clase militar alta. Se trató de la revolución más importante experimentada por Japón en la totalidad de su historia, que transformó totalmente al país y le dio una identidad nacional que aún persiste en las mentes de los ciudadanos, y por ende reflejada en las instituciones.

A Mutsuhito lo sucedió, como no podía ser de otra manera, su hijo Yoshihito, inaugurando el siglo XX para Japón: un siglo fatídico y milagroso a partes iguales. Durante el reinado de Mutsuhito, Japón había llevado a cabo, entre numerosas guerras con sus vecinos rusos y chinos, un feroz expansionismo que culminaría con la anexión de Corea, Taiwán y demás territorios, convirtiéndose de este modo en una potencia a nivel mundial, la única de Asia con tanto poder territorial.

La mayoría de estos procesos expansionistas ocurrieron durante el reinado de Yoshihito. Este emperador se caracterizó por ser un hombre enfermo y débil desde niño, que representaba en mayor manera a una institución milenaria antes que a su propia persona. Como curiosidad, una de sus escasísimas apariciones públicas se produjo en 1913, durante la inauguración de una Dieta. El emperador enrolló su discurso preparado y lo convirtió en un telescopio con el que observó a la Asamblea. Debido a su incapacidad, en 1919 dejó de desempeñar funciones públicas, y en 1921 su hijo mayor, Hirohito, pasó a comandar el país como príncipe regente.

Los hijos del emperador Yoshihito: Hirohito, Takahito, Nobuhito y Yasuhito.

Tras la muerte del emperador Yoshihito, Hirohito fue coronado oficialmente como emperador de Japón en 1926, comenzando uno de los reinados más largos que se recuerdan, de 62 años. Hirohito reinó en Japón durante varios de los períodos más determinantes de su historia. El emperador conoció Japón al comienzo de su reinado como una nación próspera, un imperio en constante expansión que aspiraba a dominar Asia y a medirse a las potencias europeas.

No obstante, las ansias expansionistas de Japón fueron interceptadas por las potencias aliadas de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, no me extenderé en este tema, es decir, que desarrollaré la andadura japonesa en la “Gran Guerra” en otro artículo.

Tras el dramático fin de Japón en la guerra, quedó un país profundamente debilitado, ocupado por los estadounidenses. Una sombra de lo que antes de la guerra había sido el Gran Imperio japonés. Quedaba un país devastado por la guerra y la muerte, con un imperioso anhelo de paz y un desgarrador lamento por la derrota en una guerra en la que, quizá, jamás deberían haber participado.

Sin embargo, el pueblo japonés siempre ha sido un pueblo luchador, hecho a sí mismo, trabajador y comprometido con su país, a protegerlo hasta el último aliento e, incluso reducido a cenizas, comprometido a reconstruirlo ladrillo a ladrillo. Gracias a la inquebrantable ética del trabajo que conforma un pilar fundamental de la idiosincrasia japonesa, Japón logró resurgir de las cenizas bajo las que Fat Man y Little Boy, las dos bombas atómicas que los Estados Unidos no dudaron en lanzar, les habían sepultado. Japón volvió a surgir, tras el período de posguerra, como una potencia económica a partir de los años 60, gracias al proceso que posteriormente fue denominado “Milagro japonés”.

Japón se materializó en un país capitalista, democrático, uno de los principales exportadores del mundo que, gracias al impulso definitivo otorgado por Estados Unidos, uno de sus principales aliados en lo económico, durante la Guerra de Corea, en 1960 ya superaba a todas las naciones de Europa occidental en Producto Nacional Bruto. Es cierto que se trató de un verdadero milagro, un crecimiento totalmente inesperado. De 0 a 100, en unos pocos años, gracias al trabajo y al apoyo económico estadounidense. Todos estos procesos tuvieron lugar durante el reinado de Hirohito, que finalmente falleció en 1989 a los 87 años, culminando la era “Shōwa”.

A Hirohito lo sucedió su primogénito, Akihito, dando comienzo a la penúltima era en la que ha vivido Japón, la era “Heisei”. A Akihito le tocó reinar una época fácil para Japón, una época de paz que, a pesar de haber sido amenazada por ciertas crisis de carácter económico o social, no ha sido definitivamente perturbado. Japón es, en gran medida, un país desmilitarizado, dispuesto cuidadosamente para la paz y la armonía. Sí es cierto que cuenta con Fuerzas Armadas, como cualquier nación del mundo. Sin embargo, las denominadas “Fuerzas de Autodefensa” no poseen autorización, tal y como reza la Constitución japonesa, para desplegarse en el extranjero. En los últimos años han participado en ciertas operaciones par el mantenimiento de la paz, siempre bajo la autorización de Estados Unidos.

El reinado de Akihito llegó a su fin con un hecho histórico: su intención de abdicar. El anuncio causó una gran sorpresa en el grueso de la sociedad nipona, debido a que se trataría de la primera abdicación en 200 años de historia, después de que el emperador Kokaku renunciara al Trono del Crisantemo en 1817. Tras materializarse su abdicación, su primogénito, Naruhito, fue nombrado emperador y dio comienzo oficialmente, como antes hemos mencionado, a la era “Reiwa”.

Naruhito, el actual emperador japonés, el día de su coronación.

Esta era, con apenas un año de historia, está destinada a convertirse en una de las más prósperas y tranquilas en la historia reciente de Japón. El emperador Naruhito, de 60 años de edad, reinará al menos durante los siguientes 20 años y garantizará la perpetuidad de la institución milenaria. Sin embargo, a su muerte o abdicación, la sucesión del Trono del Crisantemo, como decía al principio del artículo, pende de un joven hilo.

El nombre de dicho hilo, que se materializa en un joven de 14 años, es Hisahito, hijo de Fumihito, príncipe Akishino y hermano del actual emperador. Él es el único varón presente en la nueva generación de la monarquía nipona: sus dos hermanas, Mako y Kako, y su prima, hija del emperador, la princesa Aiko. Por tanto, debido a las leyes japonesas, Hisahito es el designado para suceder a su tío en un futuro, tras la muerte de los dos primeros en la línea sucesoria: Fumihito, Príncipe Akishino y hermano del Emperador Naruhito, y Masahito, Príncipe Hitachi, hermano del Emperador emérito Akihito.

En materia sucesoria, la Ley nipona establece dos cuestiones fundamentales: en primer lugar, las mujeres quedan absolutamente excluidas de la línea de sucesión al trono. Por este motivo, Aiko, primogénita del emperador, no posee el derecho de convertirse en emperatriz de Japón. A pesar que, a lo largo de su historia milenaria, Japón ha visto gobernar a cinco emperatrices, las leyes actuales impiden que la sexta mujer ascienda al trono.

En segundo lugar, se establece que si una mujer miembro de la familia real japonesa contrae matrimonio con un plebeyo, oséase, un miembro común y corriente de la sociedad nipona, sin ninguna vinculación con la familia imperial, se verá obligado a renunciar a su título nobiliario, y si los tuviere, a sus derechos sucesorios.

El príncipe Hisahito, junto a sus padres: el príncipe heredero Fumihito y la princesa Kiko.

Los miembros más conservadores del gobierno, incluyendo al Primer Ministro, Shinzo Abe, se han opuesto fervientemente a la reforma de estas leyes, a pesar de la expresión popular en un referéndum. El 70% de la población japonesa expresó su deseo de reforma de la ley de sucesión, para que una mujer pueda acceder al trono del Crisantemo. Sin embargo, la facción más conservadora del ejecutivo permanece impasible.

Si todo continúa con el ritmo actual, el sucesor de Naruhito será Hisahito, rompiendo la línea de sucesión directa, debido a que la relación que los une es la de tío y sobrino. La Familia Imperial japonesa viva hoy días de incertidumbre y desconcierto, debatiéndose entre la ola de renovación de los nuevos tiempos y la impasibilidad de unas tradiciones arraigadas a base de devoción y sufrimiento colectivo.