Jugar al ajedrez con reyes ajenos

Siempre tendemos a solucionar los problemas de los demás antes de ocuparnos de los nuestras; es algo patológico similar a un síndrome o enfermedad. Se ve en todos los aspectos de la vida: desde el “yo jugaba con dos delanteros” hasta aquello de “lo que le pasa al hijo del Juancar es que le ha faltado una hostia a tiempo”. Somos así.

La cosa está en que es muy fácil hacer todo cuando lo que no te estás jugando es tu propio pellejo, juegas con las fichas de otro; así cualquiera y así nos va. Todos somos expertos en algo: los hay de fútbol, de política, de conflictos internacionales y sociología. Pero al final resulta que no somos más que expertos en hacer mamarrachadas de una dimensión extraordinaria. Si se hace porque se hace y si se deja de hacer porque no se hace; el caso es criticar.

Criticar se ha convertido en un arte. Por lo visto, se puede hacer bien y mal. Yo no llego a ver la dicotomía entre ambas cuando no se habla de arte, cine o literatura. Así vemos programas televisivos dedicados a la crítica feroz contra cualquier ser humano o concepto moral cuya audiencia es impresionante. Deberán hacerlo muy bien, la gente admira a los críticos de vida, a los críticos por naturaleza.

Todos somos capaces de criticar el error ajeno, pero muy pocos predican con el ejemplo. Jugar al ajedrez con reyes ajenos puede sonar a divertido; vas a “lo que pase” porque las piezas no son tuyas. En un sentido estricto, juegas una partida que ni te corresponde. El peligro reside en darse cuenta de que ni estás jugando ni hay juego porque en el tiempo empleado en criticar la partida del vecino, te han ganado la tuya.