Mi impresión sobre la gran ciudad hace tiempo que no varía; sigo bastante cómodo en mi pueblo a media hora de Madrid. Siempre he tenido por dentro aquello de decir que soy de Madrid, “yo nací aquí, pero vivo en otro sitio” me empeñaba en decir a todo el mundo. Es cierto, yo soy madrileño, pero hace tanto que no vivo por allí que casi ni me acuerdo.

Ahora que lo pienso, no entiendo exactamente mi actitud en el pasado con respecto a mi origen. Ahora me da un poco igual; a la pregunta sobre dónde soy, respondo “de Guada”. No es así, pero quizá por pereza o por que realmente me da lo mismo, digo eso. Mis padres son de Madrid al igual que mi hermana, sin embargo, me siento tan bien donde estoy y he estado la inmensa parte de mi vida que ya no necesito justificar un movimiento migratorio (como si de aves se tratara) de mis padres hacia la periferia del centro neurálgico del país. Podría decir “soy de Madrid, pero mis padres, que también lo son, decidieron mudarse a aquel pueblo en el que resido hace como década y media y allí paso el tiempo que se me permite, ya sabes, lo que me queda tras ir a la universidad, hacer ocio por la capital y esas cosas”.

Tenía interiorizado que haber nacido en Madrid era algo así como una virtud, una ventaja que la vida me había dado y debía saber utilizar. Con el tiempo supe que eso no era más que una sarta de gilipolleces. Me gustaba ser de Madrid, no sé si por lo del cosmopolitismo o porque realmente mi cerebro no carburaba todavía a su máximo potencial. Ahora no detesto Madrid, simplemente me gusta vivir donde lo hago; en otras palabras, no volvería a la ciudad ni de coña.

Por ser, soy madrileño, pero no he cogido un metro en la vida. Tampoco sé qué es eso del agobio para aparcar cerca de casa (y si lo conociera, no estaría agobiado porque nunca lo estoy, tengo el don de poseer unas excelentes glándulas sudoríparas en los testículos, vamos, que me suda los cojones), ni subir en ascensor, ni entrar en un portal, ni pedir comida con una aplicación y sólo he cogido Uber durante mi estancia en Viena. Descubrí Bizum el otro día mientras la peña se pasa un euro y medio por un mensaje. No soy un negado de las tecnologías, me encanta cacharrear, la fotografía y la informática, pero hay muchas cosas que aquí no necesito.

La gente de Madrid se piensa que en Guada vivimos en el siglo XV. Me suelen preguntar que cuánto tardo en llegar a tal sitio. Cuando respondo que media horilla muchos me miran como si fuera Vin Diesel y mi coche tuviera 300 caballos. Yo pienso que ignoran la existencia de la A2, conocida también como Carretera de Barcelona o Zaragoza que conecta Guadalajara con Madrid en un santiamén.

Suelo ir bastante a Madrid porque me gusta comer bien y, fuera chovinismos y tonterías, en el centro peninsular es donde mejor se come o, por lo menos, donde mejor como yo. Las patatas bravas deberían formar parte del Patrimonio Cultural, Inmaterial, Histórico y Natural de la UNESCO. Hoy he estado por el centro y he podido observar a una joven hablándole a su Apple Watch. No me ha sorprendido, pero joder, hablar con un reloj teniendo un teléfono en el bolsillo tiene su cosa. “Esto en mi pueblo no pasa” pensaba mientras seguía esperando a que mis queridas hermana y madre salieran de una tienda de ropa. Probablemente pase, pero no lo vea porque cuando me voy a dar una vuelta me aseguro de pasear por lugares cuya afluencia de transeúntes sea la mínima (en ocasiones cero). Y eso que mi pueblo tiene más de diez mil habitantes, pero sigue teniendo la virtud de la desconexión, como me gusta denominarla, pues puedo sentirme solo y escuchar los susurros del viento a media hora de Madrid.

Estoy muy a gusto en mi casa (por desgracia para mis buenos padres). Tengo una habitación en la que me siento tan cómodo que puedo escribir cosas como estas, un montón de campo para andar cuando se me pira la olla y un perro de 80 kilos que duerme conmigo, ronca y se tira pedos que huelen evidentemente mal. Sí, soy de Madrid, pero normalmente no me apetece explicar lo bien que vivo donde lo hago.