Al margen del margen

Suele suceder que lo que se concibió como un movimiento marginal o de protesta engulla a una enorme e ingente masa social con el objetivo de siempre: lucrarse.

Lo que pasa en estos tiempos que vivimos es que estos movimientos se han hecho dueños de lo popular y trending; ahora lo común, lo normal es ser “marginal”. Se ensalzan las virtudes (por llamarlas de algún modo) del alcohol, tabaco y drogas mientras te meneas al ritmo de una canción cuya letra tiene el mismo sentido que un cocodrilo en el Everest.

“No entiendes nada, esto va de lo que se siente, hermano”, dirán algunos. Yo suelo pensar que como sientan así, deben poseer un problema de grandes magnitudes. Lo común, vulgar y ordinario se lleva. Quizá porque hemos entrado en el juego de la peligrosa deriva social: ahora, por lo visto, todos somos perfectamente perfectos. Como los eloi de Wells. Espero no acabar como aquellos pobres infelices.

El margen se ha convertido en lo normal, ahora se circula por los arcenes mientras que las autovías se hallan en infinita quietud y silencio. Sólo algún iluminado pasa por ahí muy de vez en cuando y dice aquello de “mejor ir solito por un buen camino que espachurrado en un andrajoso sendero”.

Yo suelo ir por la autovía con mi flagrante Focus. El camino al margen siempre está colapsado: gente que quiere entrar y otros tantos que quieren salir, pero ya no pueden. Cuando la salida del margen se pone tan cerca que puedo tocarla subo el volumen de lo que tenga puesto. Ni escucho lo que hay fuera ni deseo hacerlo; voy solo a lomos de un caballo que ha perdido los estribos, levantando viejos bosques destruyendo edificios.