El paradigma de la verdad

La verdad, en un principio, no tiene medias tintas. Se divide en blanco y negro, pero sólo en una teoría científica sobre el papel; la realidad pone a las cosas, incluso a la verdad, en su sitio. La verdad no puede ser un paradigma, es decir, la verdad no es un modelo de algo. La verdad es en sí misma una realidad.

Se suele pensar que la antítesis de la verdad es la mentira. Antes de nada, para afirmar la mentira se debe afirmar la existencia de una verdad absoluta. La verdad absoluta es algo que ni yo ni nadie puede afirmar su existencia; podríamos hablar pues de verdades parciales o de campos y de mentiras de la misma índole. Si se contrapone la verdad a la mentira se eclipsan y llegamos hasta aquí. La era en la que todo es verdad y mentira a la vez. ¿Cómo pueden coexistir dos opuestos durante toda la historia? La URSS y Estados Unidos dieron un ejemplo de polaridad en el modo de entender la vida, pero su enfrentamiento no duró ni un siglo. El problema de la verdad y la mentira es eterno.

Ahora bien, en la sociedad de la (des)información en la que vivimos, el debate parece haberse solventado. No por la victoria de uno de los dos bandos, si no por la desaparición del conflicto. Cuando dos contrincantes ya no pelean, no hay batalla. La negación de ambas a seguir enfrentándose ha conseguido crear el ecosistema perfecto para la proliferación de un elemento sobrante y residual que se ha proclamado dueño del mundo: la posverdad.

En este mundo posindustrial, la posverdad ha creado postontos. La posverdad consiste en la afirmación de algo como verdad cuando en realidad no lo es. No es una mentira (aunque en el fondo sí), sino una utilización de la verdad parcializada y recurrente que apela al lado más emocional e irracional de la gente. Es algo así como el sofismo de la certeza. Nadie la quiere, pero casi todos la usan.

Ya no hay un par de polos, sino que parece no haber ninguno. Una vez amasado el pastel, sólo hace falta decorarlo. Todo es bonito mientras lo parece, pero nada se sobrepone a la rudimentaria ausencia de sentido.