Mañana será un buen día

Hoy he llegado a casa y el Madrid perdía 0-3. Me he enfadado, pero mi perro quería jugar. Como supongo que comprenderán, un San Bernardo de 80 kilos a veces quiere jugar como si se tratara de un niño grande: a lo bestia. Me atrevería a decir que está un poco loco, sin embargo, ha sido el detonante de este artículo. Si les gusta, pueden darle las gracias a Nemo.

Según he llegado al salón, he encendido el televisor y la catástrofe era evidente; al Madrid lo iban a eliminar de Copa del Rey a menos que un milagro ocurriera en el Bernabéu. No ocurrió tal cosa y los designios de la naturaleza siguieron por su camino. Como es lógico en un aficionado al fútbol, me he cabreado un poco. He terminado de cenar pensando por qué había insultado a la tele cuando es sólo fútbol. Mi perro seguía brincando de aquí para allá, robando mantas y cojines a los sofás y poniendo todo perdido con sus babas incontrolables; yo, en cambio, me hallaba tirado en el sofá muy frustrado porque a mi equipo le han eliminado en cuartos de final.

He optado por levantarme, recoger la mesa y jugar con la bestia que destrozaba la sala por momentos. Me lo he pasado francamente bien y cuando se ha cansado (porque su resistencia es bastante limitada), me he comenzado a cuestionar qué hacía y por qué. Desde aquel momento se podría decir que he sido algo más feliz.

Ignoro si mañana será o no un gran día, pero seguro que el Madrid no vuelve a perder (un factor determinante es que no juega) y mi perro sigue con las mismas ganas de jugar.