La gente buena

No me considero especialmente adepto a las tendencias místicas u orientales que en los últimos años nos bombardean continuamente, no obstante, creo que reside un buen pozo en ellas.

Esta tarde he visitado a mi amigo Fercho, que ya tocaba. De nuevo he vuelto a aprender muchas cosas y a tener una charla amena y fructífera con mi amigo. Hemos hablado de pelo, sí, pero también del bien, el mal y cómo éstos afectan a las personas. Curiosamente conducía de regreso a mi casa desde la universidad pensando en esto mismo. Es un tema que me gusta tratar; me gusta pensar en la moral, la ética y su relación con el entorno más inmediato de una persona. Me he preguntado qué era más inmediato a uno mismo que su propio yo y no he obtenido una mejor respuesta que la reiteración de la pregunta una y otra vez.

Ignoro si existe o no el karma, la buena suerte, las buenas energías o las buenas ondas. Sí sé que contra más cuides a tu entorno y a ti mismo, más y mejor crecerá el mismo. El devenir de las cosas es pura especulación, por lo tanto se debe dejar al futuro hacer su trabajo mientras uno se centra en llegar a casa después de pasar un par de horas como oyente de la nada sentado en una silla de universidad. Y eso he hecho, pero el devenir me ha vuelto a poner en el coche mientras conducía por la A-2 ya de noche, sólo que esta vez estaba sentado en la barbería Essential mientras sentía una agradable sensación a la que me cortaban el pelo. Así van las cosas.

Últimamente estoy reflexionando mucho sobre este tema y no he llegado a ninguna conclusión plausible más allá de convencerme de la alegría que deben suponer los éxitos de las buenas personas. Es la buena gente la única capaz de alegrarnos el día, la semana, el mes o el año gracias a sus triunfos. Uno no puede estar continuamente generando éxitos por ahí así que debe mantenerse vivo y alegre a costa de los demás, pero no de cualquiera: a costa de la gente buena.

No todo se basa en la codicia y el dinero; la gente habla porque así es su naturaleza, pero citando al mismísimo Marco Aurelio, la mejor defensa es no parecerte a ellos.