En lo alto de una pirámide

Soy muy afortunado. Se podría decir que tengo todo lo necesario para conseguir lo que quiero, que es lo que se podría definir como fortuna. He viajado a bastantes sitios, tengo una familia que me quiere (o eso creo) y cada vez que el sol sale amanezco en una habitación poblada por un olor a zoo gracias a los perros que duermen conmigo. Tengo la suerte de haberme educado con buenos docentes, poder ir a la universidad y suplir mis inquietudes con muchos libros. Tengo suerte.

Todo esto lo suelo pensar a diario para no distraerme de las verdaderas preocupaciones, pero a veces me voy un poco lejos, a 7.000 km de casa para estar un rato subido en una pirámide en medio de la selva de Yucatán. De vez en cuando recuerdo el día en el que subí hasta lo alto de las ruinas de Ek Balam en una jornada calurosa a más no poder. Subí muchos escalones, incluso me resbalé y casi me precipito, hasta llegar a la cima de aquella majestuosa pirámide en medio de un desierto selvático y verde.

Siempre tendemos a idealizar los buenos recuerdos, pero ese momento se me quedó grabado en mi particular disco duro. Las gotas de sudor recorrían cada una (sí, todas) de las partes de un cuerpo reventadito a base de tanto escalón y sol caribeño. Cuando pude alzar la vista, simplemente quedé dubitativo; no sabía si reír o llorar ante la magnificencia de lo que estaba tan cerca y tan lejos. Creo que me limité a intentar comprobar si en efecto la curvatura de la Tierra era apreciable desde aquella altura con escaso éxito. Había un par de colores: verde y azul. Un verde muy verde de aquellos que en Castilla se ven muy de vez en cuando y un azul templado característico de un buen verano.

Saqué unas cuantas fotos más por obligación que por voluntad propia. Me empeño mucho en la fotografía, pero cuando estoy de viaje me gusta centrarme en lo más inmediato y siempre me acabo diciendo eso de “si algún día lo quiero volver a ver ya pensaré en ello”. Por ello salgo en pocas fotos durante mis viajes. Intenté fijar el punto exacto en el que el cielo y la selva se juntaban, pero me resultó francamente imposible: el fondo era un lienzo indiviso con una composición armoniosa y perfectamente equilibrada.

En lo alto de una pirámide tampoco se piensa demasiado en nada; miraba a mi madre que estaba abajo y hacía señas para que supiera que no me había despeñado escalera abajo. Pensaba en lo mucho que había comido para después subir muchos peldaños y me imaginaba la situación unos seiscientos años antes. En lo alto de una pirámide en medio de la selva no se piensa en nada que no sea bonito; en lo alto de una pirámide intenté ver una curva y acabé observando el fenómeno de lo inmediatamente lejano.