La decrepitud de un motivo

En ocasiones nos encerramos entre cuatro paredes para aislarnos de todo aquello que inevitablemente nos rodea: gente, casas, animales y circunstancias. Uno se ahoga ante el paso implacable de las manecillas del reloj con un impasible tic y luego tac. Sin embargo, un paseo puede cambiarlo todo.

Cuando se sale a la calle se deja atrás toda un aura cargada y pesada de pensamientos y reflexiones. Aunque sean buenas ideas, es necesario airearse (en el estricto sentido de la palabra) de vez en cuando. A veces me acuerdo de un pasaje de El Hobbit de J.R.R Tolkien en el que los enanos se vician con el aire de un bosque y no paran de dar vueltas confusos. Puede que nos suceda lo mismo y lo digo por mera experiencia. La fragilidad de todo lo que se tenía construido como una auténtica Torre de Babel queda reducido a una simple especulación de condicionales; en pocas palabras: nada.

La toma de perspectiva es uno de los mayores problemas filosóficos que se le plantean al género humano. No digo que el hombre sea egoísta por naturaleza, sino que resulta muy difícil tomar consciencia de algo que, en un principio, parece ajeno. Los problemas de los demás no deberían ser los nuestros a menos que así lo queramos, no obstante, uno (a no ser que esté medio majareta como yo) tiene problemas con algo o alguien en la mayoría de las ocasiones. Tener un problema con uno mismo es complejo, pero posible.

Un paseo es capaz de curar muchas cosas entre ellas la sensación de soledad, el aburrimiento o la desmotivación. A mí me sucede en muchas ocasiones todo lo que acabo de narrar y por ello suelo ser un habitual de las calles desiertas; me gusta dar paseos con vaqueros, mis botas y un abrigo tres cuartos. Pienso mucho e intento hacerlo bien, pero hay ocasiones en las que no hay manera de sacarse una idea de la cabeza hasta que llego al punto de olvidarla. Otras veces pienso en estupideces como la célebre frase del Doctor Juvenal Urbino en El amor en los tiempos del cólera “ya se han muerto todos los muertos”.

La literatura y mis padres suelen poner todo en contexto. En la universidad preguntaban qué pensarían nuestros padres si un día llegamos a casa y decimos que queremos ser artistas; yo pensé que los míos no podrían ni cenar de la risa que les entraría. En ese tipo de cosas pienso cuando me doy una vuelta.