En Australia no solo arden los bosques

10 millones de hectáreas, 1.000 millones de animales y 28 personas. Son las últimas cifras que se encuentran en medio del fuego en Australia.

Los incendios asolan los bosques australianos desde el pasado mes de septiembre, una temporada muy intensa y larga que se conforma como una de las más graves en Oceanía con respecto a superficie quemada.

1.000 millones de animales, una cifra desoladora que se lleva consigo la vida de muchos mamíferos, pájaros y reptiles. Unos datos muy preocupantes si prestamos atención a una realidad: el 80% de la fauna en Australia es endémica. No obstante, cabe desatacar que aquí no ha acabado el desastre y que mucho menos terminará cuando los incendios se extingan. Esto se debe a una cadena de consecuencias interrelacionadas: la gran devastación de la flora impedirá la polinización de las abejas y la alimentación de los animales que, a su vez, provocará la migración del hábitat natural en busca de otros recursos ciertamente escasos. Asimismo, la falta de comida no solo acabará con la vida de muchas especies, sino también lo hará la depredación entre animales.

A todo ello, es importante preguntarse cuál es la causa de esta catástrofe que parece casi igual de imposible como temida. Un dato nos dará la pista para resolver la gran pregunta: Australia se sometía a un 1,4º más que en el periodo industrial antes de los incendios. No son temperaturas normales que debemos agradecer para inaugurar con “unos graditos de más” la primavera y el verano. A los despistados les diré que existe un motivo conocido y aun etéreo para algunos: el cambio climático.

“Los incendios son una muestra de cómo podría ser el planeta en el futuro y nos ayuda a comprender lo que significa el cambio climático”, señalaba Richard Bett, profesor de Geografía por la Universidad de Exeter.

Con lo cual, ¿qué sucede en Australia para que esta hecatombe no sea un hecho casual? La respuesta es simple y nos sonará familiar: intereses e influencias importantes ejercidas desde arriba.

Actualmente, en Australia gobierna el Partido Liberal, a su vez liderado por el Primer Ministro Scott Morrison. Además de mostrar su indiferencia ante los incendios dada su decisión de continuar sus vacaciones en Hawái, también es destacable su actitud ante el cambio climático: es negacionista.

No obstante, no solo el comportamiento del vigente gobierno es el que perjudica al país: la oposición parece haber encontrado un vínculo especial con su adversario político. A estos dos grandes partidos les une el mayor enemigo que Australia (e incluso cualquier país) podría tener, y es el lobby de las empresas de carbón.

En Australia, las fuentes de energías predominantes son aquellas que provienen de combustibles fósiles (carbón, petróleo, gas natural, minerales metálicos, etc.) y se conforman con un 49,2%. Sin embargo, para un país con muchos recursos energéticos limpios, la energía renovable solo abarca un 19,7% del total, un porcentaje que parece ganar terreno con los años según muestran datos de The Clean Energy Council y la Agencia Internacional de la Energía Renovable (IRENA).

La acción de las instituciones políticas australianas no son un buen ejemplo y es evidente hacia dónde se dirige la balanza cuando se intentan ejecutar medidas distintas. Los boicots internos de los partidos son un buen ejemplo de ello, como cuando Kevin Rudd fue reemplazado en 2010 del Partido Laborista por proponer un impuesto a empresas mineras y así favorecer la reducción de la contaminación del carbón. También en 2018, cuando Malcom Turnbull, del grupo de los liberales, apoyó la inversión en energías renovables.

El apocalipsis parece convertirse en el nuevo titular que intenta abrirse hueco es una sociedad que normaliza este tipo de catástrofes.

Lo que bien es cierto es que en Australia no solo arden los bosques: también las industrias mineras. Es incuestionable que no solo después de los incendios, sino muchos antes, los bosques en Australia, la vida de muchas personas y animales y el dinero que hay de por medio estaba impregnado de carbón.

Tal vez la solución sea elegir bien a nuestros representantes. Nuestra elección es una cadena de eslabones con una consecuencia, ahora nosotros decidimos si queremos que sea buena o mala.