Leer en tiempos de lo inmediato

A lo largo de mi vida no sé a ciencia cierta cuántos libros habré acabado; seguro que no demasiados teniendo en cuenta que me afilié a esta enfermedad de la lectura compulsiva bien mayorcito. El bachillerato de humanidades cambió mi percepción de la literatura por completo; fundamentalmente porque no tenía percepción ninguna hasta el momento. Comencé leyendo novelas de aventuras, cortas y de autores clásicos y consagrados. De ahí a todo lo que he podido leer hasta ahora.

No ha pasado tanto tiempo, unos cuatro años desde que a aquel chaval le dio por descargarse un libro en su iPad por voluntad propia. Pero tengo una cosa clara: ni antes era analfabeto ni ahora soy un sabio. Como comprenderán, en cuatro años no he podido leer todos los libros del mundo y tampoco es mi fin. No me considero un lector que lee muchos libros en poco tiempo; me gusta leer despacio, disfrutando cada párrafo, cada frase, cada construcción sintáctica y elección del adjetivo preciso. Me gusta deleitarme leyendo, no leer para terminar un libro.

El año pasado leí veintidós libros, es decir, algo más que uno por mes, pero sin llegar a dos. No son muchos, de hecho, para alguien que lee habitualmente alguna hora al día y bastantes a la semana, es poco. No obstante, ahí no he contado los relatos de Poe, Lovecraft y Borges, los múltiples ensayos filosóficos de diversos autores y temas, extensa documentación historiográfica y poemarios. Decidí hacerme una lista con los libros (más bien novelas) que me iba terminando. También incluí dos cómics: Civil War y Los Vengadores: Desunidos, ambos de Marvel y muy recomendables. Son muchos más los libros que empecé, pero por diversas causas nunca he llegado a terminar. Uno de los libros que más me frustran es El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde. El autor lo borda y está escrito con una belleza y pulcritud asombrosa, pero la infinidad de diálogos y personajes me acaban matando una vez tras otra. Lo bueno es que ya lo tengo a la mitad, entre intento e intento avanzo unas pocas páginas.

Me gustan los libros bien escritos y resulta un gran problema porque hay muchos. El problema de leer un libro es que no puedes leer otro a la vez; cuando comienzas a leer una obra maestra sabes que la vas a terminar, pero también conoces y temes esa sensación de huérfano que te deja el libro cuando ya no hay una vuelta de hoja más. Existen infinidad de libros que atrapan y emocionan al lector: hay tantos libros buenos como lectores en el mundo. Esta premisa me lleva a una conclusión de dudosa reputación: como hay cada vez menos lectores, hay menos libros buenos. Puede ser, pero la bondad de un buen libro es que no pasa de moda. Los libros se escriben, publican y leen (normalmente en ese orden). Pero ahí permanecen, en un remanso de paz eterno con una sabiduría, historia o entretenimiento inmune al paso de los años. Los libros antiguos no tienen peores efectos especiales que los de ahora porque el poder de la imaginación siempre ha sido el mismo. Esta idea no deja de maravillarme nunca.

Leer en tiempos de lo inmediato es una opción que se vuelve buena con el paso de los años, algo así como sucede con el vino. Cuando uno comienza a leer por voluntad propia lo hace con el objetivo de encontrar en las letras algo que el mundo en el que vive no le aporta. Si lo encuentra (aunque a veces hay que indagar un poquito), quedará prendado de la magia del papel. Leer un buen libro lentamente es una de las mayores satisfacciones que alguien puede llegar a tener en un ratito de paz. Las películas y la música se pueden ver y escuchar muchas veces, pero no más rápido o lento. Leer en el mundo actual supone rebelarse ante la dictadura de lo inmediato. Leer en el mundo actual es dignificarse ante lo trending y lo cool.