Crítica de Malasaña 32: el terror bien hecho que da gusto ver

A ver, el titular no deja de ser un recurso; el terror no da gusto, da mucho miedo. Este es el caso de Malasaña 32, una película de factura española dirigida por Albert Pintó.

El cine español tiene muchas carencias y apartados muy defectuosos demasiado recurrentes en muchas de las cintas que se estrenan anualmente en todos los cines del país. Uno de ellos es que no se consigue atraer al gran público, otro que los actores están muy quemados y se les asignan papeles recurrentes, falta de presupuesto, malos guiones, buenas ideas que se quedan en eso… Malasaña 32 no adolece de las carencias del cine español, sino que podría medirse cara a cara con largometrajes americanos de terror que atraen a millones de personas a las salas de cine. De hecho, gran parte, por no decir la inmensa mayoría, de las películas de terror masivo o adolescente se quedan muy por debajo de lo ofrecido por Albert Pintó.

Malasaña 32 cuenta la historia de una familia caída en la desgracia familiar que se muda del pueblo a la ciudad, y no a cualquier ciudad, la humilde familia se traslada al meollo del país: el centro de Madrid. A mediados de los setenta, España estaba sumida en una especie de convulsión social que acabó por regalarnos el régimen democrático actual, pero no sin sus debidas consecuencias. La migración masiva del campo a la ciudad produjo que las grandes urbes aumentaran mucho su población y que los pueblos quedaran muy desiertos: mucha mano de obra se incorporó a las grandes fábricas de los cinturones industriales de ciudades como Madrid y Barcelona. El padre de familia de esta cinta es uno de esos trabajadores de campo que buscan en Madrid una nueva oportunidad. Es cierto que desde el inicio de la película se deja bien claro que el traslado no ha sido voluntario, sino más bien impuesto. Los dos padres, el abuelo y los tres hijos deberán convivir en el tercero B de la calle Manuela Malasaña número 32.

Albert Pintó utiliza muy bien los recursos que se le ofrecen: una familia con un pasado turbio, miembros de una familia con una diferencia de edad muy notable, gente con aspiraciones y un piso con un mal encerrado en él. Podríamos decir que la película de terror debe presumir de la historia humana que se teje en sus fotogramas, pero también adolece de lo mismo; me explico. La primera parte de la cinta roza lo sublime, pero el halo de perfección no consigue mantenerse a pesar de los logrados sustos y episodios de tensión, se va perdiendo la ejecución de una magnífica idea: una familia que ha puesto todos sus ahorros en la compra de un piso en Madrid y que de ningún modo puede volver al pueblo (porque no tienen un duro y porque las circunstancias sociales no se lo permitirían).

De esta manera, Malasaña 32 se une a un exclusivo club de películas excelentes del terror español: Rec de Jaume Balagueró y Paco Plaza, su secuela y Verónica del mismo Paco Plaza conformarían este selecto espacio terrorífico. Como conclusión se podría decir que, aunque es cierto que tiene defectos innegables, sus virtudes ganan por goleada y Malasaña 32 es una joya del terror español.