Nuestro diccionario popular está plagado de expresiones futbolísticas; que si “juegas en casa”, “nos la han colado por la escuadra”, “te has quedado en fuera de juego” o “menudo tanto se ha anotado”. Así es, el fútbol invade cada rincón de nuestra vida, gracias a Dios.

El fútbol, también conocido como “el deporte rey”, forma parte de nuestra vida nos guste o no. En teoría, es un deporte más que se juega con los pies y trata de meter un balón en una portería protegida por un portero. La lógica del fútbol es evidente y aplastante a diferencia de la gran mayoría de cosas que se nos plantean en la vida. El fútbol ha sido para mí una vía de escape, un entretenimiento y ,sobre todo, una pasión.

Mucha gente critica el fútbol porque todo el mundo habla constantemente de ello, los aficionados se enfadan, otros se ríen y hay secciones de deportes enteras copadas por Madrid y Barça que duran lo mismo que un telediario normal. A ver, yo les comprendo, pero suelo pedir que también traten de asimilar el otro punto de vista: un tipo, trabajador o estudiante, que encuentra en su equipo la despreocupación que le falta en su rutina. Con ello no justifico la serie de cosas que ahora paso a criticar, no se confundan.

Lo que más me molesta del fútbol actual es el fútbol actual; me explico: no me importa que un futbolista haga tonterías y las cuelgue en Instagram, me da lo mismo que hayan pillado al brasileño de turno borracho perdido en la celebración del año nuevo, me resbala completamente la opinión de los payasetes de la televisión sobre si un entrenador debería o no hacer equis cosas. Eso es lo que me molesta del fútbol actual. Como ya habrán captado, el fútbol actual no es fútbol, es más bien una mezcolanza de pseudoperiodismo deportivo que se limita a llenar espacios en prime time para colmarlos de anuncios y estupideces. El fútbol sigue siendo genial.

Hay infinidad de deportes y me gusta ver, que no practicar, la mayoría de ellos: tenis, baloncesto o Fórmula Uno son algunas de las cosas que más suelo ver en la televisión. Los deportes no son el entretenimiento de los tontos, son la demostración de la excelencia. Entiendo que los no aficionados al fútbol no lo comprendan nunca, pero la sensación de cantar un gol de tu equipo sintiendo que puede ser el último es indescriptible. La emoción de un niño que va al estadio por primera vez de la mano de su padre es algo que no podría trasmitir ni en un poema porque se debe vivir para sentirlo. El fútbol es la batalla de dos egos que juegan sus once mangas en 90 minutos mientras la hinchada jadea expectante por ver si su equipo se logra llevar el gato al agua.

El fútbol es la demostración de que se ha inventado una guerra de duración preestablecida y en la que no te vale sólo con jugar bien tus cartas porque el fútbol es el único deporte en el que puedes perder habiendo jugado mejor. Entiendo a la gente que critica el fútbol moderno, pero no a la que critica el fútbol porque es el espectáculo perfecto; es capaz de vaciar ciudades y alegrar países al unísono, el fútbol es el elemento nuclear de un buen fin de semana.

Lo que nos sucede a los que se nos ha ido la olla por completo es que ya no nos vale con seguir a nuestro equipo, sino que primero seguimos su liga y luego, “ya que estamos”, expandimos horizontes. Esto se hace cada vez más fácil con la llegada de Internet y el buen fútbol moderno. Este nuevo término acuñado por mí ahora mismo se refiere a la nueva (o no) hornada de periodistas, analistas o entusiastas que crean iniciativas para dar a conocer el fútbol en su máxima expresión. Proyectos como La Media Inglesa, Soy Calcio, el canal de Miguel Quintana o Charlas de Fútbol son algunos de los máximos exponentes del mejor lado de internet para los más futboleros. Ahora, además de madridista, soy del Everton, me gusta que gane la Fiorentina, mi móvil me notifica cada vez que marca el Leicester y sé de qué juega Minamino, nuevo fichaje del Liverpool. Es maravilloso.

Lo que sucede es que el futbol es algo tan grande que no se puede explicar con palabras. Un gol de Iniesta, otro de Ramos, un penalti de Cristiano o un pase a la red de Chicharito son algunos de mis mejores recuerdos. Cuando viví el Mundial de 2014 en México también grité aquello de “no fue penal” y me sigo alegrando si el Sevilla gana la Europa League; así son las cosas, el fútbol nos contagia la poca o mucha alegría que tengamos. Metamos pues un gol en el descuento a nuestra rutina para ganarnos la prórroga y poder ver cómo veintidós tíos se pelean para que nosotros gritemos, quién sabe si por última vez, un gol de nuestro equipo.