El reloj timorato

“De pequeño uno siempre quiere ser mayor; el objetivo es crecer. No obstante, a cierta edad uno ya se da cuenta de que crecer no es un objetivo, sino una consecuencia a la larga letal. Por lo tanto crecer ya no se mira con los ojos de la ilusión, sino que se mira de reojo, con actitud vigilante como si de una fiera se tratara. Nunca sabes cuando el torrente del tiempo se te puede abalanzar y devorarte como si fuera el mismo Saturno y tú uno de sus hijos” (David Jiménez, Carta a quien la lea).

Esto lo escribía yo a inicios del pasado verano; no les voy a engañar, había olvidado por completo este escrito y en su mayor parte sigue desaparecido a excepción de este breve fragmento que debí rescatar con una captura de pantalla. Ni recuerdo de lo que hablaba exactamente ni quiero hacerlo, pero más o menos me hago una idea. Debía divagar sobre el tiempo, un concepto que me ha causado muchos quebraderos de cabeza voluntarios y sobre el que he tratado de teorizar muchas veces sin conseguir comprenderlo en ninguna de las ocasiones.

Ya hablé en otro artículo de El esclavo del tiempo, un pequeño relato en el que narraba las desventuras de un pobre chalado que se deja aconsejar enteramente por su reloj de pulsera hasta el punto de depender de él y ser su siervo. Pero el reloj de hoy es diferente; en aquella Carta a quien la lea debí aventurarme a hablar de un reloj timorato, un ser tímido y sensible que no quiere problemas con nadie. Es el reloj de la infancia olvidada: siempre estuvo y estará, pero no hace acto real de presencia al no recordarlo con exactitud. Eso me llevó a cuestionarme un problema casi poético: ¿es lo mismo algo ausente que algo inexistente? Esta para otro día.

El reloj timorato no pasa ni se demora, queda varado en las orillas de un corazón pueril que todavía sueña con qué quiere ser de mayor antes de despertarse a las 8.00 para ir al cole. No sé ustedes, pero yo tenía una táctica infalible para no olvidar ningún libro en casa cuando iba al colegio: metía todos en la mochila. Así pasé mi etapa como escolar y estudiante de secundaria sin que un libro faltara en mi mochila. Eso es exactamente el reloj pusilánime: el fantasma de la ilusión e inocencia cuya pretensión es la de no asustarte ni martirizarte por el tiempo pasado o el perdido, pero que lo hace como consecuencia irremediable de su existencia. En su esencia está el desasosiego metido con calzador.

Hoy me he dado un paseo mientras pensaba en cosas. La mayor parte de la hora me la he pasado pensando en la cantidad ingente de cosas bonitas que he visto: desde lo más cotidiano en lo que incluyo a mis padres, hermana, perros, casa y ciudad hasta lugares lejanos como un atardecer florentino, una panorámica de Viena en el Zoo más antiguo del mundo, el romper de las olas en las ruinas de Tulum bajo un sol de justicia, una luna de plata ondeando en el Atlántico de una silenciosa playa de Huelva, una isla desierta en el Caribe Mexicano, una guitarra que suena en el centro de la Habana vieja, una tirolina por encima de la selva en República Dominicana, el David de Miguel Ángel o un paseo en góndola por Venecia en marzo. Y todo esto en apenas veinte años.

Mi buen reloj asustadizo funciona tan bien como si lo hubieran fabricado en Suiza: por el día me recuerda todo lo bonito que he vivido y por la noche me hace soñar con ello. Por la mañana me despierta siendo dueño de una fantasía que ha resultado (qué sorpresa) ser etérea. Maldito reloj, cuánto le amo.