Un problema surge cuando no hay más remedio que aceptarlo, de otro modo, el problema no tendría una naturaleza problemática y sería otra mala opción a elegir entre un amplio espectro o abanico de colores, algunos cálidos y otros fríos, pero ninguno peligroso ni feo.

Decimos que existe un problema cuando algo que solemos calificar como importante nos atormenta o preocupa. Nos convertimos entonces en recipientes de un pequeño desastre, en el Estado del desquicio o en aquella nación peregrina que no tiene ni hogar ni dónde ubicar uno nuevo. Podría decirse que somos aventureros de la desgracia en un momento inadecuado porque cuando hay un problema no existen alternativas visibles.

El problema es que la naturaleza del mismo es inexistente porque ¿en qué ocasiones sólo tenemos una elección y es inevitablemente mala por definición? En muy pocas por no decir ninguna. Por lo tanto, no somos portadores de un desastre, somos portadores de nosotros mismos.

La nación peregrina es un concepto que acabo de inventar, pero que lleva en mi cabeza demasiado tiempo: cada uno posee la suficiente categoría como para calificarse de persona, siendo ésta una categoría poseída por una ridícula parte de todo el universo. Cada uno es la nación y peregrina hacia donde quiere o le dejan. Cada uno es digno de ser poseedor de lo que tiene y de lo que es. De momento continuemos siendo, que ya es decir.