Drácula de Netflix o cómo reventar un clásico

Si hay algo que particularmente me molesta es estropear algo que está bien, es decir, corregir o reinterpretar lo que ya era brillante. La industria televisiva y cinematográfica es experta en estas cuestiones. Con Drácula de Netflix se nos ofrece la oportunidad de divisar una basura de proporciones épicas hecha de las cenizas de una obra maestra.

Drácula de Bram Stoker no es sólo un clásico de la literatura universal, es una maravilla literaria, una obra de arte hecha novela, un paradigma del terror escrito. Bram Stoker consiguió reunir en un sólo volumen una ingente cantidad de leyendas, mitos y criaturas demoniacas para crear a un personaje inmortal (no en su vida novelesca, sino en nuestro imaginario colectivo) capaz de hacer pasar noches en vela a muchas generaciones. En ocasiones, Drácula ha sido tratado bien por el cine (Nosferatu, 1922), pero abundan los ejemplos en los que esto no ha ocurrido. También tienes la opción de inventarte una historia, como lo hace Drácula, la leyenda jamás contada, siendo una opción igualmente válida. Te limitas a extraer las bondades del mito para crear tu propia historia. Al margen del resultado final, la idea no me parece mala.

Lo malo viene cuando tratas de conjugar dos opciones: contar la historia creada por Bram Stoker e inventarte la mitad. El problema de la producción de Netflix es su existencia; no es necesaria una adaptación más a la tele de un libro. Pero el dinero tira mucho y se acaba haciendo. Vivimos en tiempos cambiantes, pero si haces una serie de un libro que publicó un señor irlandés en 1897, no hagas un remix de eso con más cosas porque ya no es Drácula, es Drácula: una cosa parecida y peor.

La miniserie de Netflix está compuesta por tres capítulos que a mi parecer van de mayor calidad a la bazofia total. La adaptación comienza de un modo similar al libro: Jonathan Harker llega al castillo del conde Drácula y éste comienza a comportarse de una forma extraña. Hasta aquí el parentesco con el libro. De hecho, una de las partes más aterradoras del libro es el viaje de Harker a través de Transilvania y cómo el chófer del conde hace cosas raras hasta llegar a su residencia. Esa parte queda omitida al igual que todo lo bueno del libro.

Algunos de los detalles que más me rompieron los esquemas es que Van Helsing es una monja que ha perdido la fe, Mina Harker sale alrededor de veinte minutos, Lucy es una temeraria creyente en el poliamor que se enamora de Drácula y Drácula termina siendo bueno. También es conveniente decir que todo el tercer capítulo (1.30h) transcurre en la Inglaterra actual con una descendiente de Van Helsing que es mitad policía y mitad científica. Un auténtico despropósito lo mires por donde lo mires.

Mi recomendación es no verla e invertir esas cuatro horas y media de vuestra vida en leeros la obra maestra de Bram Stoker, aunque sólo sean los dos primeros capítulos. De hacerlo, y ya puestos a recomendar, os aconsejo adquirir la edición de Alma Clásicos Ilustrados porque es una preciosidad y se nota que hay cariño detrás, a diferencia de la bochornosa abominación de Netflix.