Noche de Reyes

No es de reyes la noche porque se concentren todos los monarcas del mundo en España, sino porque son tres las figuras que tras un largo peregrinaje desde Oriente han llegado por fin para traernos regalos a los que nos hemos portado bien todo el año.

Yo creo que me he portado bien, al menos eso quiero creer. He intentado ser bueno con todo el mundo porque ser bueno sólo con quien te trata bien no tiene demasiado mérito. La bondad es una virtud que ha de demostrarse en todas las situaciones a lo largo de la vida: uno no es bueno porque sí, es bueno porque se comporta como tal.

Cada vez que me enfrento a una decisión o dilema de peso pienso en mi gran amigo Marco Aurelio. Pienso qué me diría, si estaría conforme con lo que hago o si por el contrario, me reprocharía por necio, cobarde o insulso. La verdad es que Marco Aurelio no dejo de ser yo, es decir, es una escisión de una parte de mi mente que se ha convertido en la rectitud moral, en un elemento categórico éticamente hablando basado en lo que yo he concebido como correcto.

Un día en verano escribí que “no hay personas demasiado buenas, sólo están rodeadas de otras que no les merecen”. Me mantengo firme en esta ocurrencia fruto de uno de los muchos delirios pasajeros que van azotando de vez en cuando mi mente de mamarracho condenado. Las buenas personas tienen el defecto de poseer bondad y como decía un buen profesor que tuve la suerte de tener como docente “de tonto, tonto, gilipollas”. Así va cosa; de los buenos se aprovechan y los buenos dejan de serlo.

Cuando hago la carta de los Reyes, ya no tengo en cuenta el poner que me he portado bien porque creo que ellos ya lo saben. Pero no está de más precisar que ellos siempre se portan mejor conmigo de lo que suelo merecer. Los Reyes Magos son una especie de medidores éticos, como unos jueces indulgentes que siempre acaban cediendo a pesar de saber los defectos de cada uno. Sus Majestades siempre están vigilantes y observan sin juzgar cada uno de nuestros actos. De vez en cuando aconsejan para que así puedan llegar cargados de regalos, pero ya digo que normalmente vienen cargados siempre, por defecto. Es su virtud y su defecto, pero los Reyes Magos son buena gente y siempre quieren lo mejor para cada uno de nosotros.

Yo siempre he dormido mal en esta noche; aguardo con ansia el momento de abrir los regalos y ver que efectivamente Sus Majestades se han vuelto a acordar de lo que queremos y de nuestros nombres escritos en el papel de regalo. De pequeño me solía dejar el regalo más grande para el final porque siempre me ha gustado eso de ir de menos a más. De mayor sé que lo más grande ya lo tengo: la oportunidad de abrir los regalos junto a mi familia.

Es una buena noche para soñar, por qué no hacerlo. Y la mañana que viene es perfecta para madrugar. Yo, a modo de recomendación, me levantaré temprano para volver a tener siete años, aunque sea por un par de minutos. Me da un poco igual lo que los Reyes me hayan traído porque habré madrugado mucho y sé que siempre aciertan: no estoy demasiado nervioso. Luego tendré toda la mañana para jugar con mis nuevos regalos y toda la tarde para continuar con el jolgorio.

Al final del día volveré a tener veinte y a escribir aquí, pero nadie me habrá quitado de encima la sensación de abrir los regalos en una gélida mañana de enero con la sensación de que al día siguiente tendré que ir al cole. Nadie podrá decirme que no disfrute cuando desayune roscón de nata y vea la lotería. Nadie me prohibirá pasar el día junto a mis nuevas pertenencias. En definitiva, nadie podrá jamás despojarme de la ilusión que siento las mañanas del 6 de enero.