En días como hoy me comienzo a cuestionar todo en general y nada en concreto, es decir, me preparo para afrontar la locura cotidiana que se ha asentado en nuestra rutina.

Por suerte, en Leteo tenemos una gran virtud y es que no hablamos de política; tuve un momento de brillantez en toda mi vida que me sirvió para mantenerme lejos de la histeria colectiva que parece rodearnos poco a poco, como si se tratara de una soga de terciopelo que se cierne con suavidad agradable hacia el cuello hasta que comienza a hacer daño.

Lo agradable ahora desagrada y lo que se tenía como odioso, se lleva. Se lleva llevarse, ser el miembro mejor vestido del rebaño, convertirse en un magnífico cordero lechal dispuesto para ser asado y servido a otros corderos caníbales que no dejarían ni los dientes. Nos puede la codicia, la avaricia y la envidia. La virtuosidad se ha perdido y no queda más que un reducto de cordura en tiempos dementes.

El tiempo no se ha vuelto senil, fundamentalmente porque el tiempo, dadas sus propiedades, no envejece. El tiempo es siempre el mismo en su infinito bucle repetitivo y profuso, siempre adornado, siempre maltratado. Quizá nos hallamos vuelto seniles nosotros porque ni siquiera tenemos memoria con el tiempo, somos inquilinos de un señor al que ni nos preocupamos por conocer.

Todo va deprisa cuando debería ir despacio y cuando todo va despacio todo va deprisa: todo mal. Siempre he defendido el camino de la virtud como único posible, pero ahora los SUV hacen que sus dueños vean muchos más: caminos llenos de excentricidades y tamañas barbaridades disfrazadas de sutileza. Nada es como debería. Puede que todo sea como debe ser y el que esté realmente mal sea yo, pero lo dudo tanto que llegaría a considerarlo una premisa factible.

No me gusta vivir en el mal si puedo vivir en el bien; no me gusta mentir si se puede defender la verdad; me gusta asentarme en una cima helada y decirme que soy especial porque me lo dice mi madre, así soy dueño y señor de lo único de lo que puedo llegar a serlo: la nada.