Sentirse en casa

El concepto hogar procede del latín focus, fuego y lo podemos relacionar con palabras como hoguera. Esto nos lleva a referencias más antiguas que la propia historia, a momentos en los que el hogar era el lugar en el que sentirse seguro; con eso era suficiente. El hogar va más allá de mi casa, lo entiendo como el núcleo de la vida. No soy una persona de costumbres nómadas, tengo un hogar fijo y estable.

Ayer volví de unas vacaciones invernales en familia por Viena, una ciudad imperial y preciosa de la que puedo hablar en otro momento más extensamente. El caso es que me fui cinco días y me parecieron varios meses. He tenido la suerte de poder viajar al extranjero en varias ocasiones, he conocido México o Cuba en Latinoamérica entre otros países, pero en Europa sólo me había movido por Italia (aunque la recorrí casi por completo). Cuando viajas a Latinoamérica tienes varias ventajas como español: el idioma, las costumbres y la simpatía de la gente. La gastronomía va por gustos, hay a quien le gusta más el picante y a quien no, eso lo dejamos como un aparte, pero debo añadir que en cualquier lugar he comido mejor que en Austria.

Como se suele decir, españoles y latinos estamos hermanados y con toda la razón del mundo. El mejor nexo de todos es el idioma común: el español. Es una maravilla que a 7.000 kilómetros de casa puedas hablar como el que va a comprar el pan y te entiendan (con los pequeños matices) casi a la perfección. En Italia te acabas entendiendo con los italianos porque el español y el italiano son lenguas romances que provienen del latín y se asemejan bastante en muchos aspectos. En Austria no te entiende ni Dios si hablas en español, pero con mi rudo inglés poco podía hacer. Finalmente acababas por entenderte con la gente, pero cada conversación era una tortura: el inglés no es el británico que nos enseñan en el cole y parece que te hablan enfadados.

Otro aspecto fundamental para sentirse bien es la comida; comes al menos tres veces por día y conviene que lo hagas bien y a gusto. Ya he dicho que la comida de los diferentes países americanos que he viajado puede gustar más o menos, pero a modo global se podría decir que estaba bien. En Viena uno de los platos típicos es un filete de cerdo empanado. Lo que viene siendo un escalope de toda la vida. A ésto se suman salchichas, codillo (que personalmente repudio, pero el exquisito paladar de mi padre juzgó como impresionante) y paramos de contar. La cerveza la hacen bastante bien, pero lo del vino caliente es como para meterles en la cárcel. Sólo de pensarlo ya se me revuelve el estómago, en qué maldita hora decidí tomarme una jarra de dichoso brebaje.

Me puse malito y durante gran parte de mi estancia estuve convaleciente a ratos. Me iba de vareta continuamente, es decir, debía acudir al servicio con demasiada abundancia y rapidez de no querer estropear todo. No sé si fueron las costillas, filetes y salchichas que me zampé el primer día o que ya venía tocado, pero he cogido un tremendo asco cualquier olor o sabor semejante al que había en los preciosos mercadillos navideños.

El tema del clima también importa. En Viena por estas fechas hace un frío que pela, como el que dice. Aquí, en el centro de España, en invierno llega a hacer mucho frío, pero allí parecía que te podrías congelar en cualquier instante. Y eso que tuvimos mucha suerte y el tiempo parece que se portó muy bien durante nuestra estancia. En el Caribe hace calor en verano, pero caen lluvias como jamás en mi vida he contemplado. Recuerdo una tremenda tormenta en Varadero durante este verano en la que pensaba que se iba a inundar hasta la playa. En mi casa pasa algo a lo que estoy muy acostumbrado: en verano hace mucho calor, en otoño menos y comienza a llover, en invierno hace mucho frío, en primavera llueve y comienza el calor y repetimos ciclo. Me río siempre que llego a casa de algún país tropical y digo “aquí en verano hace calor y en invierno frío, como debe ser”. Y me quedo más ancho que largo.

Lo que quiero decir con todo esto es que jamás me he sentido tan lejos de casa como lo he hecho esta semana y eso es bastante drástico. Lo he pasado muy bien y he conocido muchas cosas nuevas, pero la sensación de sentirte ajeno a todo en un mundo desconocido es abrumadora, termino echando de menos el hogar. Mi hogar también contempla a mi familia y he tenido la suerte de viajar siempre con ella, una cosa menos que echar de menos. Pero siempre que salgo de España añoro a mis perros, mi habitación, la comida y otras tantas cosas tan nimias como conducir mi coche o ducharme en mi baño y, durante este viaje, mi idioma. Mi familia tiene una bonita costumbre pues siempre que volvemos de un viaje en verano nos vamos a comer unas bravas al centro de Madrid, nos encantan las Bravas y Madrid. A mí Madrid un poco menos, pero me gustan las costumbres y mi familia.

Me gusta viajar, pero jamás pierdo la perspectiva del mundo tal y como yo lo entiendo; debo tener presente quien soy y de donde vengo. Me encanta vivir como lo hago y añorar el hogar no es más que un bonito ejercicio de valoración de lo que se tiene. España es cojonuda y nos tenemos que ir muy lejos para darnos cuenta de ello.