El fundador de los Legionarios de Cristo abusó de al menos 60 menores, según una investigación

La congregación de los Legionarios de Cristo, una de las más grandes correspondientes al cristianismo romano, ha publicado un infierno sobre abusos sexuales, tres días después de que el Papa Francisco haya ordenado suprimir el secreto pontificio sobre los pederastas eclesiástico. El informe ha arrojado luz sobre los abusos sexuales a menores llevados a cabo en su seno, principalmente por su fundador, el sacerdote Marcial Maciel.

Desde 1941 a la actualidad, 175 menores fueron víctimas de abusos sexuales por parte de 33 sacerdotes distintos de la congregación. Este número incluye a los 60 menores abusados por Maciel, fundador y líder de los Legionarios. De estos tres sacerdotes, seis ya han fallecido, ocho dejaron el sacerdocio y 18 siguen en la congregación, pero apartados del trato pastoral con menores, cuatro con restricciones al ministerio y un plan de seguridad y 14 ordenados a no ejercer el ministerio sacerdotal público. Del mismo modo, entre los 33 sacerdotes que abusaron de los menores, 14 de ellos habrían sido a su vez víctimas de abusos en la congregación.

Se ha especulado en numerosas ocasiones sobre que el verdadero motivo de que Benedicto XVI abandonara el cargo de Papa fue la resistencia de su curia a expurgar el Vaticano de pederastas. El principal de todos es el fundador de los Legionarios de Cristo, Marcial Maciel, siempre protegido por Juan Pablo II, fiel aliado durante su pontificado, que llegó a proponerlo como un ejemplo de la juventud. Habiendo fallecido Maciel, se sabe que sobornaba usualmente a algunos cardenales cercanos al Papa, ya que había convertido su congregación en un imperio económico, del que dependían colegios, universidades, agencias de noticias y de viajes.

Sin embargo, lo peor llega cuando sale a la luz que el Vaticano tuvo noticias de la calaña del fundador legionario en 1943, y que los jesuitas, con los que Maciel estudió en la Universidad de Comillas, en Cantabria, lo habían expulsado del centro dos años antes. Todas estas afirmaciones fueron reconocidas el pasado año por el prefecto de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada, el cardenal João Braz de Aviz. “Quien lo tapó era una mafia, ellos no eran Iglesia”, dijo a la revista católica Vida Nueva.

El cardenal Braz vino a España para clausurar la asamblea general de la Confederación Española de Religiosos. “Tengo la impresión de que las denuncias de abusos crecerán, porque solo estamos en el inicio. Llevamos 70 años encubriendo, lo que ha sido un tremendo error”, sostuvo. A su vez, el cardenal declaró que el Vaticano tenía documentos sobre la pederastia en los Legionarios desde 1943.

El estudio se publica en la estela de acabar con el secretismo, ordenado por el papa argentino, pero también porque los Legionarios de Cristo están preparando el llamado Capítulo General de la Congregación, que tendrá lugar en Roma a partir del próximo 20 de enero. Allí la comisión encargada del estudio presentará conclusiones y recomendaciones.

El conociendo de los escándalos de pederastia en el seno de los Legionarios de Cristo, hasta entonces uno de los movimientos del nuevo catolicismo, fue la gota que colmó el vaso para que el Vaticano dictara finalmente la llamada “tolerancia cero”. Esta fue la consigna con las que el cardenal Ratzinger, convertido después en Benedicto XVI, ganó el pontificado. No le hicieron caso y terminó dejando el cargo, un gesto sin precedentes en siglos.

El castigo impuesto a Maciel y su congregación fue riguroso, pero llegó tarde porque tenían la protección del papa Juan Pablo II y de varios miembros de la Curia, el gobierno del Vaticano. A pesar de la dureza de las medidas, no se llegó a la extinción de la congregación, tal y como solicitaban varias de las víctimas. La investigación ordenada por Benedicto XVI fue ejecutada por cinco cardenales y duró varios años. Nunca se publicó.

Los legionarios, además de la expulsión de su fundador, se comprometieron a dejar de festejar las efemérides dedicadas a Maciel; tendrían que dejar de llamarlo “nuestro padre” e ignorar su nombre en público: debían eliminar de sus centros todas las fotografías en las que estuviera solo o con Juan Pablo II, y dejaría de vender sus libros. Sin embargo, se ha realizado una excepción por respeto a la libertad individual: quien deseara conservar de manera privada alguna fotografía del fundador, leer sus libros o escuchar sus conferencias, podría hacerlo de manera discreta.