La profecía de hacerse mayor

Si existe algo certero por completo en el mundo es el tiempo y la acción que tiene sobre nosotros su lento, pero constante goteo. El tiempo nunca se vacía, pero nosotros sí. Es como si dejaras un grifo abierto lo más mínimo como para que goteara de vez en cuando y el tapón del sumidero puesto: el grifo seguiría goteando para siempre, pero el recipiente acabaría por desbordarse.

Por eso el tiempo es en sí mismo una profecía; no sabemos cuánto de este tiempo nos queda en el bolsillo, pero podemos tener la certeza de saber que va pasando; a cada golpe de manecilla, algo cambia. Algo muta o se transforma en nosotros poco a poco de manera prácticamente imperceptible.

Un día tienes tu primer recuerdo y al siguiente intentas averiguar cuál es, convertido ya en un ser humano maduro. Un día te sale pelusilla y al siguiente te tienes que afeitar a diario porque la barba pica. Un día vas a la Cabalgata de Reyes y al otro ya no. Así va la cosa. No estoy descubriendo nada nuevo, sólo pongo los hechos sobre la mesa.

Se han escrito, literalmente, ríos de tinta sobre la añoranza de la infancia, edad que nos evoca un pretérito perfecto en su más absoluto término. No obstante, las cosas no son así; todos tuvimos nuestros problemillas de pequeños: que si a uno le acosaban en el cole, que si otro tenía una familia desestructurada, uno que era alérgico a algo y el siguiente estuvo enfermo mucho tiempo. Nuestra infancia no fue en la Arcadia de Sannazaro, no, fue en los barrios o pueblos en los que nos criamos. Unos hemos tenido la suerte de tener una familia y amigos que nos hicieron felices por mucho tiempo y otros no la tuvieron, pero el tiempo va poniendo todo en su lugar.

Una de las cosas que más añoro de la niñez es la inocencia y la ilusión. Quizá por ello intento siempre tener en mente estas dos cualidades del modo más pueril posible; quizá por ello fundé Leteo. Me encanta tratar de mirar el mundo con los ojos de un niño, eso sí, un niño muy crecidito ya, pero un niño al fin y al cabo. No hay muchas personas que compartan esta visión ni que traten de poseer la inocencia e ilusión como modo de vida y así nos va.

No sé ustedes, pero yo me sigo levantando en Reyes a las siete de la mañana aguardando saber qué me han traído Sus Majestades. En Fin de Año me sigo poniendo nervioso porque pasa un año más sin que pueda hacer nada. En Navidad siento cómo algo calentito y agradable me invade e invita a dar y recibir cariño. En mi cumpleaños me sigo sintiendo especial y en el de los demás también porque formo parte de su fiesta. Hablo con los animales y me imagino sus respuestas por la expresión que reflejan. Recreo la cara de los coches según su diseño. Miro al cielo (gracias a que vivo en un pueblo) y me quedo sorprendido con la infinita cantidad de estrellas que hay en el firmamento. Me encantan las películas de dibujos y más el verlas con mi familia.

Hago muchas cosas, la mayoría sin querer, que me convierten en un niño mayor, pero la mayor parte de la inocencia se pierde con el tiempo, sobre todo cuando se está en grupo pues la esencia del individuo se diluye en favor a la de la suma de todos.

La profecía del tiempo es muy clara: estamos condenados a crecer; pero eso sí, cada uno a su manera.