No hay mar pequeño para algo que no flota

El consuelo de tener alguien que te aconseja está muy bien. Nunca está de más pararse un momento para decirte “veamos, soy (inserte su nombre aquí), estoy en (un determinado lugar) para (hacer algo) con el respaldo de los de siempre. Los de siempre son una gente variada, que a veces va y otras viene.

Seguro que todos hemos respondido a nuestras madres que nos preguntaban con quién íbamos a tal sitio diciendo “pues con éstos” o “con los de siempre, mama”. Pero si nos paramos a reflexionar un momento, nos daremos cuenta que los de siempre pueden ser los de nunca. Porque utilizar el término siempre para algo que efectivamente es pasajero no es ni correcto ni moralmente adecuado.

Nos adentramos en la paradoja del ser humano; no concebimos que lo que ahora se tiene como constante sea un mero recuerdo melancólico en el futuro. No se piensa que una amistad finalizará de tal modo o que una relación acabará de aquella manera. No se piensa. Siempre suelo defender el uso del raciocinio para resolver conflictos, internos y externos, o problemas que se puedan plantear, pero en estas ocasiones puede venirnos hasta bien el no pensar. La deriva de un desconocimiento certero, consensuado y consciente nos lleva a vivir la vida.

Porque la vida es maravillosa. Me niego en rotundo a decirlo en condicional; la vida no podría llegar a ser maravillosa porque ya lo es. En todo caso, podría llegar a ser un poco mejor o peor, pero nunca dejaría de ser la repanocha. Cuando estoy triste pienso en estas cosas y me digo “David, es un milagro que tú estés aquí en este preciso instante. Tuviste (yo y todos) menos oportunidades de nacer que de que te toque la lotería; no te va a joder esta existencia una mierda de problema”. Y así relativizo todo.

Hace uno o dos años ahora mismo estaría tumbado en mi cama, reventado por haber estudiado durante cuatro o cinco horas seguidas. Cuando me posaba en mi colchón, me invadía una sensación de bienestar absoluto. Tenía todo hecho, ningún tipo de reproche o mal pensamiento asolaba mi cabeza porque, simplemente, no existían. Ahora ya no es tan así. No sé si es el paso del tiempo, que mis estudios ya no me motivan como antes o que soy muy raro, pero esa sensación no me invade, la busco. Tampoco es nada malo, sólo es diferente. Me tumbo en el lado derecho de la cama y me digo a mí mismo que el día ya ha acabado, que si tenía un problema hoy, puede que siga mañana, pero que ya no voy a poder hacer nada. Y me duermo.

Sin embargo, hay algo que no ha cambiado: sigo pensando mucho. Eso lo tomo como algo bueno porque no hace daño a nadie y encima me permite conocerme mejor, explorar mis límites y abrir paso a la imaginación. Llegué a la conclusión de que no hay mar pequeño para un objeto que no flota: terminará hundiéndose siempre y, desde un punto de vista objetivo, dará igual que lo haga en el Manzanares que en el Pacífico. Su destino acabará siendo el quedar olvidado entre algas, arena y peces de algún sitio con agua: hay que aprender a nadar.

Como el que dice, si nadas no te ahogas. Es una evidencia, pero es verdad. Si dejas de nadar en el marasmo de lo cotidiano, en la lobreguez de un lunes, en lo tedioso de una clase, en lo pedante de un docente o en tu propia cabeza te acabarás ahogando en un mar inhóspito, salvaje y cruel: tú.

Por todo esto creo en mí lo suficiente como para saber que no me voy a traicionar jamás. Y cuando he estado a 7.000 kilómetros de casa y me he preguntado “¿quién soy?” siempre me digo lo mismo: el de siempre.