Documentales de peces

El otro día alguien me dijo algo a lo que yo respondí “a mí me gustan los documentales de peces de La 2, me gustan los documentales en general, pero los de peces más”. Una risa, como era de esperar, inundó el espacio en el que nos encontrábamos. Yo también me reí, pero en el fondo sabía que debía hacer este artículo.

No sé muy bien por qué, me encanta ver documentales de peces, es como una especie de debilidad que tengo; me resulta irresistible no pararme ante el televisor cuando veo un inmenso y profundo azul levitar en los píxeles de la caja tonta. Ahí dentro hay un océano y millones de peces de colores existiendo. Digo lo de existir porque es un detalle importante, es por lo que escribo este artículo.

Los peces simplemente existen, son una consecuencia de la deriva meramente evidente de la vida. Su fin es el de no morir, que no es poco. Están por ahí, en el mar, mientras que otros más grandes buscan lo mismo, pero comiéndoselos. No tienen más preocupaciones que la de comer, reproducirse y paren de contar. Estamos hablando de seres que, con toda probabilidad, no son conscientes de su propia existencia al tener la capacidad de la memora bastante menguada.

El concepto de vida es para ellos desconocido; son seres inmortales al no poseer la noción de vida y muerte. Están y otro día no, pero están para algo: para comer, reproducirse y paren de contar. En este difuminado camino vital de los maravillosos peces de colores entro yo a decirles qué tienen o no que pensar y así estamos.

Yo me siento delante de la tele y pienso que esos agraciados animalitos están en el mundo con un único fin: existir; mientras yo busco entre libros y meditaciones para qué carajo vine. No me gustaría ser un pez, pero si lo fuera, tampoco sabría que existo, por lo tanto, no sabría si me gusta o no ser algo que no llegaría ni a concebir.