Los perros no tienen WhatsApp

Ayer iba a escribir un artículo sobre la bonita relación existente entre mi perro y yo, pero estaba muy cansado y no fluían las ideas. Se me ha ocurrido esta mañana el titular del artículo: los perros no tienen WhatsApp y su contenido.

Tal y como reza el dicho, el perro es el mejor amigo del hombre. Esta premisa parece estar clara para todo aquel que haya tenido la suerte de disfrutar de un perro; un perro no es una mera mascota a la que se le echa de comer, beber y la observas. La identidad del perro es otra que la de una tortuga obviamente, pero no me refiero a la diferencia con respecto al orden y especie de los animales, sino a algo más filosófico, más bonito.

Los perros resultan ser seres maravillosos por muchos motivos, pero tampoco es que exista ninguno en particular. La razón por la que me caen tan bien estos animales me resulta desconocida. Desde que prácticamente tengo uso de razón en mi casa siempre ha habido perros, quizá eso ayude con mi relación con los mismos. Primero estuvo Dori, una magnífica ejemplar de Golden Retriever que recuerdo con mucho afecto. Luego vino Lisa, otra Golden Retriever muy vaga y rechoncha. Cuando Lisa se quedó sola, llegó Tina, un espécimen que resulta de la mezcla de un Pastor Vasco con Border Collie, una suerte de perro arcoíris más inteligente que la mayoría de gente que se las da de sabionda. Finalmente arribó Nemo, un San Bernardo de 80 kilogramos cuyos ronquidos resuenan en toda la vivienda. Así es como ahora tengo tres perros (y un loro, pero ahora no viene a cuento).

Yo me llevo especialmente bien con mis animales; la verdad es que no hacen especial caso a mis órdenes, supongo que se trata de organismos anárquicos, autónomos por antonomasia que hacen lo que les da la gana; más o menos como yo. Pero el caso es que nos entendemos al final y nos llevamos bien. Yo hablo con ellos y ellos me miran desconcertados, así es nuestra relación a groso modo. Tina creo que sabe más historia y economía que yo pues todas mis tardes de estudio se las pasa tumbada en mi cama escuchando cómo repito una y otra vez la lección. Lisa debe ser filósofa porque anda todo el día tumbada sin hacer nada más allá que pensar. Nemo no sé muy bien a qué se dedica; ronca mucho, duerme más, se tira fuertes y olorosos pedos y nos quiere.

Lo que venía a decir es que mi amistad con los perros es más “real” que con los humanos. Yo tengo amigos, pero cuando hablamos y nos contamos las cosas, ellos son libres de pensar o hacer lo que quieran con la información que les has dado. De hecho, muchas veces te fallan, debes volver a encontrar amigos y se repite el proceso a excepción de un férreo núcleo que parece mantenerse contra viento y marea.

Los perros no tienen WhatsApp, ellos no me juzgan por lo que hago o dejo de hacer. Yo hago lo mismo con ellos. No van a hablar mal de mí a mis espaldas, jamás me insultarán, nunca me reprocharán algo y su amor es incondicional. Mis perros creo que me expresan cierto afecto, a su modo, con miradas, gestos o incluso juegos (que en el caso de un perro de 80 kilos pueden llegar a poner en peligro tu integridad física).

Recuerdo tiernamente cómo le decía a Dori cuando jugaba el Madrid que “esta año ganamos la Champions, ya verás, te lo prometo”. El Madrid nunca ganó la Champions, probablemente a Dori no le importaba el fútbol, pero jamás me reprochará haber prometido un imposible.