Lidiar con la decepción

Un mamarracho en Cuba

Poco a poco me vais conociendo, pero parece ser que la gente sólo habla de lo bueno, lo malo se esconde. Es como aquel jugador de póquer que dice que gana siempre: mentira. Todos hemos perdido algo de vez en cuando: dinero, dignidad o las ilusiones.

Perder la ilusión es una de las peores cosas que pueden suceder a alguien dedicado en cuerpo y alma a algo. A mí me pasó y hoy cuento mi experiencia. Yo soy un auténtico apasionado de las humanidades, un forofo, su hincha número uno. Esto lo descubrí cuando comencé Bachillerato y lo he tenido presente hasta el día de hoy. La cantidad de cosas que me transmiten las letras no se puede asimilar a nada en el mundo.

Me encantaba (que lo sigue haciendo, pero desde otra perspectiva) el arte y su historia, las lenguas y la literatura. Decidí dirigir las riendas de mi formación y futuro hacia ese punto y todavía no sé si me equivoqué, hice bien o qué diantres pasó para que lo mandara todo al garete. Al comenzar a estudiar aquellas disciplinas por las que me había dejado el pellejo estudiando me di cuenta de una cosa maravillosa: me encantaba saber, descubrir, explorar los límites de tu conciencia y poner a prueba tus conocimientos. De hecho, mis semanas de exámenes eran uno de los mejores momentos de mi estancia en la universidad porque me la jugaba. Me suele gustar el riesgo, pero yo iba a asegurar porque lo traía todo aprendido de casita. Llegaba al examen, lo bordaba y volvía para comer un cocido un frío día de enero. Así era para mí un día chulo. No me regocijaba en mi capacidad de esfuerzo y superación, sino en la cantidad de cosas que sabía y en las que aún me quedaban por aprender. Había ilusión en mis ojos.

Llegó uno de los días más tristes que recuerdo pues suspendí un examen de latín por traducir homines como hombres y no personas. Fue la gota que colmó el vaso. “De aquí me marcho y no vuelvo” y no volví. En un principio sentí alivio; “menuda carga de asquerosos me acabo de quitar de encima” pensé. Nada más lejos de la realidad, la carga se amontonaba en mi espalda hasta hacer de mí un Quasimodo, pero de verdad, no de dibujitos animados. Que, en realidad, ignoro si Quasimodo se escribe así, pero me da mucho igual y me mola como queda.

Me convertí en un “nini” provisional. Me sentí un completo inútil en un principio. Encontré algún trabajillo y de vez en cuando me sentía bien. El verano continuó y la cosa no hizo más que empeorar. Me matriculé en periodismo pensando “bueno, si escribir ya sé y hacer radio me mola, adelante, David”. Y para allá que fuimos. Pero el tiempo pasaba lento y el sentimiento de inutilidad viró hacia la frustración.

Siempre he temido al fracaso porque el fracaso da miedo. No conseguir triunfar de una manera u otra me resultaba desesperante. Yo estudiaba y no sólo aprobaba, sino que lo hacía con nota. Cuando no estudiaba y suspendía no pasaba nada porque no me había esforzado; así es la vida. El fracaso es estudiar y suspender, trabajar y no conseguir algo, esforzarte para nada (aparentemente).

Abandoné los estudios por los que luché dos años en Bachillerato porque me sentía oprimido, mi libertad estaba limitada a servir a otros. Me negué. creo que lo hice bien, pero aún hoy me lo sigo planteando. Entré en barrena antes de comenzar la universidad por segunda vez. Me preguntaba qué me podía dar más satisfacción que aquello a lo que estaba dispuesto a dedicar toda mi vida y no encontraba respuesta alguna. Mi madre me dijo que esperara, que le diera tiempo al tiempo y así hice.

Lo que pasa es que la universidad era más de lo mismo y como no puedo cambiar el sistema (de momento) cambié yo. No es que cambiara mi forma de ser, sino que fue mi actitud la que mutó. Se me hincharon las pelotas y me dije “voy a fundar un periódico y mis profesores vendrán a pedirme trabajo”. No puedo evitar hacer este tipo de mamarrachadas y menos en situaciones límite. Pero fundé Leteo y aquí estamos.

Esto creo que no tiene moraleja, simplemente es una experiencia vital, pero creo que le debo el asentamiento de mi bendita locura a varias personas: mis padres, mi hermana, mis perros, Herman Hesse y Marco Aurelio. Para otro día la historia de Siddhartha y cómo me cambió la vida.

Pero lo que siempre tengo presente es una cosa: el amor. Por ello termino siempre mis programas de radio así: “recuerden amar y dejar ser amado”.