Cómo leer me hizo libre

Sí, lo sé; el titular es recurrente, qué le vamos a hacer. No obstante, no siempre lo recurrente tiene que ser malo a pesar de que siempre está asociado a la negatividad; hay tópicos que nos han ayudado a crecer y a salvar la vida: no te vayas lejos en la playa si no sabes nadar, no cruces la calle con un semáforo en verde para los coches, abrígate si hace frío…

Así está el patio. Pero vamos a lo que veníamos. Leer me hizo libre; no sólo me proporcionó libertad, sino que también me brindó una segunda oportunidad: pude rehacerme gracias a los libros. No, yo no he sido víctima de las drogas ni de depresiones, pero simplemente no me encontraba a mí mismo. Es algo de lo más común cuando estás al borde de la mayoría de edad, luego te parece una absurda tontería, pero en su momento, es complicado. Ahí estaba yo sin un futuro cierto a la vista. Fue entonces cuando algo me iluminó y decidí probar eso de leer. Nunca había tenido la inquietud de leer por mi propia voluntad; si lo hacía era por obligación escolar. No me disgustaba, pero no era mi actividad favorita.

Tuve la oportunidad de cursar la asignatura de Literatura Universal. Ese fue el detonante para mi profunda conversión. Durante todo un curso tuve que aprenderme multitud de fechas, autores, obras y características de la mayoría de genios de la literatura. Se me ocurrió la brillante idea de que si leía algo de esa gentecilla, quizá no necesitaría dedicar tantas horas para aprenderme las características de sus obras. Así comenzó mi periplo lector. No tenía ni intención ni dinero como para comprarme los tres o cuatro libros que veíamos por clase; comencé por lo fácil: los clásicos son de libre acceso y me descargué Robinson Crusoe de Daniel Defoe en mi Ipad. La magia del libro hizo el resto.

Recuerdo aquellas navidades leyendo las aventuras del pobre desgraciado de Robinson en mi Ipad mientras me preguntaba qué había hecho yo durante toda mi vida sin ésto. En un arrebato que podríamos considerar como de franciscano, decidí que no quería nada para Navidad. No quería regalos porque sentía que ya lo tenía todo. Mis padres, siempre benevolentes conmigo, intentaron que “entrara en razón”, ellos siempre me quieren regalar algo. Me dije “bueno, ahora lo único que quiero son libros. Como comprarme una biblioteca es caro, quiero un ebook” y así entró el aparatito en mi vida hace ya tres años. Terminé de leer las desventuras del náufrago en mi nuevo y reluciente ebook durante esas mismas vacaciones de Navidad. Comencé a ser yo mismo.

A decir verdad, no recuerdo cuál fue el siguiente libro que leí, seguramente otro clásico, pero eso ya no importa. Robinson me hizo ver que yo estaba más perdido que él. Al final me fui encontrando, o eso creo, y, pasados unos meses, me dio por empezar a escribir. En un abrir y cerrar de ojos me doy cuenta de que tengo veinte tacos, un par de libros publicados, he leído un montón de libros y he creado mi propio periódico digital. Periódico que tiene un nombre que descubrí gracias a la lectura.

No me gusta obligar a la gente a leer, simplemente lo recomiendo. Suelo regalar libros porque es lo que me gusta que me regalen. Las personas normales se suelen acordar de Robinson, su loro Poll y el jodido día que me dio por descargarme un libro cuando les regalo una novela, poemario o ensayo. Pero a mí me gusta, no que se caguen en mi existencia, sino dar la oportunidad a otros de sentir aquello que me hizo libre.

Gracias a la lectura he descubierto que la vida se puede derrochar en vivir otras tantas cosas escritas por gente que murió mucho antes de que tú nacieras. Alguien se tomó la molestia de escribir algo y tú, la de leerlo. Mágico.

Cuando me gradué en Bachillerato, los compañeros de la pequeña clase de humanidades a la que pertenecía nos hicimos una camiseta con el siguiente lema: “Lean, coño ¡mamarrachos!”. Pues eso, lean, que para mamarracho ya estoy yo.