Sí, el presidente John F. Kennedy adoptó una perrita soviética venida directamente de los laboratorios de la URSS, pero como casi todo en la vida, ésto tiene su historia.

Corría el año 1961 cuando los dos mandatarios de los “superestados” coincidieron en Viena y la esposa de John F. Kennedy preguntó a Jruschov sobre Strelka, la perrita que junto a Belka había orbitado la tierra para volver a casa perfectamente.

La historia empieza en 1960 con el viaje de estas dos heroínas perrunas. A bordo del Sputnik 5 y junto a una prole de ratones, hongos y hasta piel humana consiguieron orbitar la tierra durante más de un día y aterrizar sin daños físicos palpables. Fueron los primeros animales en ir al espacio y regresar vivos. Después, Belka y Strelka se convirtieron en auténticas estrellas; dos perritas callejeras que tocaron el estrellato, nunca mejor dicho.

Tras esta épica hazaña, y ya nos situamos en Viena, Jacqueline Kennedy se quedó sin conversación con el mandatario de la URSS. No se le ocurrió otra cosa que preguntar sobre el estado de Strelka. Jrushchov se sorprendió y decidió regalar al matrimonio Kennedy, conocido amante se los perros, un cachorrito de la perra astronauta. Así fue cómo llegó a la Casa Blanca Pushinka. Tras el largo viaje Rusia – Estados Unidos, Kennedy escribió una carta a Jrushchov diciendo cosas como éstas: “Estimado Secretario General… la señora Kennedy y yo estamos especialmente agradecidos por Pushinka. Su vuelo desde la URSS a EE UU no fue tan dramático como el viaje de su madre, aunque sí que fue un viaje largo, lo soportó bien”.

Pushinka llegó a la Casa Blanca, pero la historia no acaba ahí. Los servicios secretos estadounidenses hicieron decenas de pruebas y radiografías al cachorro para ver si realmente tenía algún dispositivo dentro de su cuerpo; no hay que olvidar que el mundo estaba inmerso en la Guerra Fría. Nada más lejos de la realidad, Pushinka no tenía ningún aparato y no fue más que un regalo. Los Kennedy la acogieron en su casa junto con otros tantos perros más. Fue con Charlie con quien tuvo descendencia: cuatro cachorros a los que JFK llamaba “pupniks” (puppy + sputnik). Dos de ellos fueron regalados a un par de afortunados (entre más de las cuatro mil personas que escribieron a JFK para tener uno de estos cachorros) y los otros dos se los dieron a familias amigas.

Así pues, todavía habrá algún perro estadounidense que corra por la noche y mire la luna sin saber que su tatarabuela estuvo mucho más cerca de lo que él pueda llegar a pensar.

Vía Russia Beyond