La premisa de ser alguien

No son pocos los que se han preguntado por la identidad del individuo, sobre su propia identidad. Es una de las cosas más recurrentes a lo largo de la literatura universal por un hecho bastante simple: parece ser fácil esgrimir un argumento con cierto sentido. También se podría extrapolar al plano filosófico con el clásico cogito ergo sum de nuestro colega Descartes, pero nunca deja de ser lo mismo: la premisa de ser alguien.

Al dilucidar el tema del artículo satírico y de opinión de esta noche se me ha venido a la cabeza un libro: La metamorfosis de Franz Kafka; un tipo normal y corriente llamado Gregorio se convierte de buenas a primeras en un bicho inmundo y rastrero. Lo realmente malo del asunto es que no pierde consciencia de sí mismo, es decir, sigue reconociéndose a él como autoridad de su cuerpo, aunque éste haya mutado. Gregorio sigue siendo Gregorio a pesar de ser una cucarachilla maloliente (ignoro a qué huele una cucaracha, pero queda muy bien). El bueno de Gregorio fue un orgullo para la familia y luego se convirtió en una vergüenza, pero él sabe que Gregorio palpita dentro de su corazón o alma cucarachera (o cucarachil, aquí cada uno como más le guste).

Kafka no fue ni el primero ni el último en tratar este tema, pero sí fue uno de los más originales. La identidad del sujeto como ente portador de humanidad se trabaja mucho en lo que a mí me gusta denominar como “La trilogía distópica”, compuesta por 1984, Un mundo feliz y Fahrenheit 451. Se trata, sí, pero en un plano mucho más turbio; se externaliza la visión del individuo y su propia identidad pende de organismos supraestatales tales como políticas de control familiar o represión pura y dura.

Stevenson saca una visión muy curiosa del individuo en El extraño caso del Doctor Jekyll y Mister Hyde. En este librito, Stevenson separa el bien del mal en una misma persona. Un mismo sujeto que es poseedor de dos caras de la misma moneda (como Harvey Dent en El caballero oscuro), pero que se dislocan en favor de la creación de dos identidades sujetas a una sola existencia. Una mutación, algo así como un Hulk, pero malo, chungo y sin el verde en el s. XIX.

Kennedy Toole se descojona de la identidad de Ignatius en La conjura de los necios. Un tipo gordo, vago y feo que se ríe en la cara de todo el que se le pone por delante. El tipo sabe perfectamente quién es, pero se siente siempre subestimado, se lo cree. Y lo que es peor, le acaban creyendo. Eso es exactamente lo que hay que hacer: creérselo.

Hay cosas que se deben creer, como por ejemplo el hecho de poseer una identidad propia. No porque lo digan las huellas dactilares o los científicos, sino por cuestión de mera supervivencia. Cada uno debe erigirse como único para no caer en la locura. Cada uno es el índice de un libro cuyo autor no es anónimo (tipo que escribió El lazarillo), sino que es uno mismo. Por este mismo motivo hago lo que me da la gana.

Ya he dicho en alguna ocasión que me viste mi madre. No literalmente porque sería algo violento, pero sí me compra la ropa y yo soy feliz. El otro día pedí un “abrigo de señor”. He de decir que yo me río mucho por dentro y cuando digo ésto no puedo parar de descojonarme de mí mismo. Pues un “abrigo de señor” me compraron. Cuando salgo a la calle con el abrigo puesto me imagino a la gente pensando “ahí va, un individuo único y extraordinario, el director de su propio periódico, el mayor mamarracho que la humanidad ha conocido desde Diógenes”. Gracias a Dios y a mis padres, a mí no me ha dado por vivir en un barril como a él, pero no descarto nada.