Cuando el arte se convirtió en otra cosa

Esta semana hemos sido testigos de otra venta escandalosa en el mundo del arte: 125.000€ por un plátano pegado a una pared blanca con cinta americana. Yo, como exestudiante de historia del arte, me veo en la obligación de hacer mi artículo diario satírico de opinión.

El arte es algo casi etéreo, más si hablamos de arte como definición, como concepto. Hay gente que puede ver arte en todo, pero los hay muchos otros que no se salen de lo dogmático: arquitectura, escultura, pintura y todas sus artes menores derivadas. Pero hay límites para todo.

El otro día, charlando con mi amigo Fercho cuya entrevista veréis muy pronto, debatíamos sobre ésto. ¿Existe el arte de la barbería? Por qué no. Vale, el cortar el pelo podemos determinarlo como un arte. Cicerón te diría que la oratoria también lo es, lo aceptamos. La literatura en sí es un arte, que no un arte plástica, pues vale. ¿El que hace caricaturas en la Puerta del Sol es un artista? También. Hasta aquí estamos todos más o menos de acuerdo, pero ¿un plátano en una pared? Como que no. Y así estamos; algún iluminado ha pagado más de 100.000€ para llevarse un plátano (que a saber si es de Canarias) y un trozo de pared.

Charlaba hace unas semanas con un compañero de emisora que hace un programa sobre arte moderno y contemporáneo y debatíamos sobre arte moderno y contemporáneo. He de reconocer que no es mi periodo artístico favorito, pero también tiene sus cosas. Hablábamos sobre las vanguardias y su imposible entendimiento sin saber que hay un par de guerras mundiales de por medio en las que el ser humano saca lo peor de sí mismo. De ahí que Picasso pintara cubitos, Miró otras cosas y apareciera el Dadaísmo. Está bien, te puede gustar más o menos, pero debes entender las circunstancias para entender las formas. Pero hay algo fundamental, el arte no se explica.

Le decía hoy a mi madre que el arte no se puede explicar, ella se ha quedado más o menos como siempre, supongo que pensando “ya se me ha quedado el niño tonto otra vez”. No obstante, creo que tengo algo de razón. Yo puedo explicar que en tal cuadro hay un esquema piramidal, que esta catedral florentina tiene una cúpula de Brunelleschi o que la expresión del Moisés de Miguel Ángel es conocida como Terribilita. Pero nadie necesita que le explique nada cuando entra en la Basílica de San Pedro del Vaticano porque está demasiado ocupado en no caerse de culo. Nadie necesita que le expliquen que Rubens utilizaba formas onduladas y modelos de tales formas cuando observa Las tres Gracias. Nadie necesita conocer que el propio Miguel Ángel perdió a su madre de joven cuando observa La Piedad del Vaticano porque esas cosas se ven. Así es y así será.

Cuando a mí me dicen eso de “detrás de esta obra hay un gran significado” yo respondo “y ¿dónde está?” o en latín “ubi est?” y me quedo como Dios, como se suele decir. Porque ningún pagafantas va a venir a decirme lo que tengo que ver porque no lo veo. Cuando leo un poema de Baudelaire entiendo que hay simbolismo y que todo no es lo que parece, pero la belleza en la forma, composición y sintáxis siempre está ahí. Cuando veo un plátano pegado en una pared me dan ganas de comérmelo.