Los malos que no lo fueron y los buenos que eran malos

Parece ser que todo está mal en la sociedad en la que vivimos. La actualidad más inmediata se premia mientras que la reflexión queda abandonada en una esquina cual mal argumento, a la gente le gusta la pizza con piña y los malos ya no son tan malos porque antes fueron buenos mientras que los buenos son malos porque sí.

Hace unos meses asistimos al estreno de lo que yo considero una obra de arte, un culmen del largometraje: Joker de Todd Philips protagonizada por Joaquin Phoenix. Esta película nos cuenta una historia que va más allá de la narrativa y se sitúa en lo que Nietzsche calificaría en uno de sus ensayos como Sobre de la verdad y la mentira en sentido extramoral. Entre nosotros, Nietzsche estaba un poco colgado, pero tenía más razón que un santo, como se suele decir. Joaquin Phoenix interpreta a un tipo incomprendido que de bueno pasa a ser un malo, pero un malo bueno. Algo así como la perversión del bien, pero que no llega a ser el mal en sí; todo muy chungo.

A medida que iba disfrutando de la grandiosa producción me planteaba serias cuestiones sobre lo que mis ojos estaban contemplando. ¿Debería ser Arthur Fleck un villano? Hombre, entendido en términos de la RAE como ruin, indigno o indecoroso, puede ser. Sí, pero no. Vamos a ver, el tipo al final resulta ser un cabroncete, pero él no quiere ser así, o al menos no lo quiere en un principio. Los detonantes le van haciendo más y más malo hasta que revienta. No revienta en un ataque de ira y estampa el coche, sino que la ira se manifiesta como una ruptura interior total. Está en profundo desacuerdo consigo mismo; no hay reconciliación posible entre él y el alguien que alguna vez fue o quiso ser.

Entonces, ¿es malo? Malo es, porque matar así de buenas ya implica algo raro, pero la maldad no se escuda, aparece diciendo “eh, aquí estoy, campeones; venid que os vais a acordar de mí”. Y vaya si se acordaron. Lo que nos sucede es que somos muy reduccionistas y nos limitamos a observar al bueno de Arthur en su propia burbuja: un tipo raro, enfermo y marginado. Nos olvidamos de todo lo demás que quizá es lo más importante. Los demás también pueden ser malos.

Nadie ha dicho que Murray Franklin (en otra magnífica interpretación de Robert de Niro) sea bueno. Murray es casi tan capullo como Arthur, lo que pasa es que se encuentra encumbrado; está en un pedestal y puede hacer lo que le dé la gana porque la gente lo ve bien. Se ríe del zumbado de Arthur y claro, al final pasa lo que pasa.

Los buenos no son tan buenos y los malos tampoco, pero no hay que confundir; hay buenos y malos, no todo es perspectivismo porque las personas no somos un objeto; nos miremos por donde nos miremos veremos un ser humano. Lo que no se ve es lo que atañe a lo moral y ahí hay que tener cuidadito. Calificar de bueno a Arthur y de malo a Murray es caer en lo irresponsable de la sociedad actual: posicionamos en lugares superiores a gente que no debe estar allí y hundimos a buena gente por considerarla demasiado buena. Entiéndase la metáfora de Arthur y Murray.

Yo soy, que ya es decir. Con eso me voy conformando. Lo de bueno y malo digamos que me va pasando de soslayo. He aquí un precioso eufemismo.