Los tentáculos de las redes son peligrosos

Durante este verano tuve la suerte de conocer a H.P. Lovecraft, no, no le conocí personalmente porque lleva muerto 82 años. Me refiero a que comencé a descubrir toda su magnífica producción literaria y asumí los riesgos que asumía esta actividad. El riesgo existe, como sucede con todo, pero el riesgo de leer es volverse en contra de la ignorancia; resulta ser una virtud o un defecto depende cómo se mire, pero eso para otro día.

El caso es que Lovecraft crea una criatura denominada Cthulhu (cuya pronunciación aún sigue siendo un misterio) que me recuerda a las redes sociales. Cthulhu es una especie de demonio venido de tiempos arcaicos en forma de pulpo alado gigante o algo similar. De ahí el titular del artículo: Los tentáculos de las redes son peligrosos.

Vía https://hplovecraft.fandom.com/es/wiki/Cthulhu

Yo me sigo considerando un chaval pues no llego ni al cuarto de siglo, pero me sucede algo que supongo que a otras muchas personas también: parezco más mayor y no por el físico. El mundo que se nos presentó a los millennials parece quedarme grande. Se me ofrece la oportunidad de crear y dirigir mi propio periódico digital con unos medios bastante limitados, pero me gusta más el mundo real, aquello de levantar la cabeza.

Hasta hace unos meses podía llegar a considerarme como uno más del rebaño, un tipo medio normal que, a pesar de mi deleite por lo cultural, tenía Instagram, Twitter, salía de fiesta y esas cosillas que suele hacer la chavalería. Ahora soy un viejuno o al menos algo así me dice mi madre. A finales del pasado verano tomé la determinación de probar a desinstalar Instagram de mi teléfono por eso de “a ver qué pasa”. Y no pasó nada. Me resultó preocupante porque aquello que yo concebía como una herramienta útil y necesaria parecía no apostarme nada más allá que contenido banal y una instrumentalización de la mente. Aquí me he podido pasar un poco, lo reconozco, pero así lo siento. Cuando algo no me aporta nada, lo aparto; tiene su lógica.

Me mantuve con Twitter por aquello de “las risas”. No obstante, terminé cansándome de Twitter cuando un día en clase de la universidad me intenté ver desde fuera. Había hecho 40 kilómetros en coche para estar escuchando un discurso endeble e inútil y estar mirando mi timeline. “Hasta aquí hemos llegado, David” me dije. Y hasta ahí llegamos. Mi último tuit fue una breve explicación de mi próxima ausencia argumentando necesidad de tiempo para terminar mi tercera obra. Qué caradura soy. (Me gusta esto de llamarme mamarracho y cosas sin sentido como gamusino o truculento porque nadie lo llega a entender más allá de mis padres y mi hermana, pero a mí me gusta. Lo mismo hago con mis mascotas: a mi loro lo llamo doña Inmaculada Concepción cuando su nombre es Macu, Lisa recibe el nombre de Lisatronca, Tina es Tinápolis y Nemo, Nemoroso. Cuando los llamo en modo jauría grito aquello de “venid, perros del demonio”. También salgo a tirar la basura en pijama).

Y sin Twitter que iba por el mundo. Recuerdo un día hace pocas semanas en el que tuve que comer solo en un restaurante de comida rápida cerca de la uni. Me sentía como un señor de 150 años; estaba comiendo en una mesa yo solo, sin móvil en la mesa y mirando únicamente mi plato o el infinito. Al final le coges el gustillo. Me informaba por la radio, la prensa escrita o mi querido Google Home. No me pasó nada.

Aquí llegamos al punto crucial de la historia. Hace algo menos de una semana me decidí a materializar, pues los medios los tenía y las ganas también, lo que en mi cabeza había estado rondando muchos meses y creé Leteo. El tener un periódico digital exige varias cosas entre las que están tener redes sociales y estar informado. Lo segundo lo tenía, pero lo primero digamos que era algo reticente. El problema es que sin Twitter, Instagram o Facebook no te lee ni Blas, así que volvieron a mi teléfono estas aplicaciones haciéndome un juramento de utilizarlas únicamente para fines informativos; nada de tonterías ni ocio. Así sigo. En Twitter sigo a periódicos y en Instagram más de lo mismo, pero incluyendo a mi amigo Fercho (cuya entrevista podréis leer muy pronto). En Facebook estoy en una página por lo que no es necesario seguir a nadie, mejor.

No considero a las redes sociales algo malo por naturaleza, pero sí es malo el uso que actualmente se les está dando. Mentes brillantes, personas iluminadas nos han regalado Internet y las redes para que seamos nosotros quienes decidamos qué hacer con todo eso. No hacemos nada y de ello se aprovechan influencers y otra serie de gente que se dedica a meter cosas en la cabeza a otra gente que tiene menos cabeza que ellos. Y así nos va. El otro día, buscando un community manager, me topé con un anuncio que decía aquello que si no estás en las redes estás muerto. Considéreme un Zombie si así lo desea.

Yo siempre digo lo mismo: menos influencers y más Marco Aurelio; nadie me hace caso, pero con que me valga a mí estoy contento.