¿Conocimiento hermético o compartido?

Ha llovido mucho desde que Sócrates, allá por el s. V a. C. en la Grecia de aquel entonces, diera el peñazo a sus alumnos con el método que él denominó como mayéutica. Hace unos 2400 años de aquello y todavía nos encontramos muy lejos de las enseñanzas de sabios y personajes como éste, sus discípulos Platón y Aristóletes, Jesús o Marco Aurelio entre muchos otros.

Muchos nos imaginábamos la antigüedad clásica como una época magnífica y utópica en la que la gente iba predicando sus enseñanzas en foros, ágoras, academias y senados. Nada más lejos de la realidad; el conocimiento casi siempre ha estado en manos de unos pocos y hoy, inaugurando la reflexión dominical, me pregunto a qué se debe.

Es normal que en momentos históricos y prehistóricos el saber, entendido como puro conocimiento, quedara relegado o subordinado debido a las crecientes e inmediatas necesidades que asediaban a los individuos. Necesidades tales como comer, beber, dormir, reproducirse y, en definitiva, vivir (con el sorteo de la muerte que ésto ya exige) se convertían en prioritarias en detrimento de la diversión o el saber más superfluo e innecesario para continuar con vida.

Maslow ideó su pirámide de prioridades, pero las prioridades ya estaban ahí desde un principio. Resulta obvio que alguien decida priorizar el comer al saber sobre las virtudes del hombre para con su propio ser. Pero ¿cuándo y por qué surge esa necesidad de saber? Nos debemos remontar muchos milenios atrás y desplazarnos a Próximo Oriente para conocer las primeras ciudades-estado sumerias y su evolución hasta lo que ha llegado a ser la sociedad del conocimiento.

Otro día explicaremos más acerca de este apasionante tema del nacimiento de la civilización, pero hoy nos ocupa el conocimiento. Si hacemos un brevísimo repaso de la historia de la filosofía occidental, podemos ver una evolución clara del ámbito de conocimiento central. Los filósofos denominados como Presocráticos (Heráclito, Parménides, Tales o Anaximandro entre muchos otros) centraban su ámbito del saber en la naturaleza. Buscaban el arjé, del griego ἀρχή, el inicio de todas las cosas. Podemos decir pues que el núcleo epistemológico era el universo, la naturaleza o los principios matemáticos y físicos que sucedían de forma natural.

Con la llegada de Sócrates todo parece cambiar. Se desplaza el centro del saber al hombre, al individuo, con todo lo que eso implica. Podemos leer, a través de Platón, cómo hacía Sócrates para indagar dentro del conocimiento humano y derivar en eso de “sólo sé que no sé nada”. La premisa del desconocimiento a partir del estudio es una constante en la historia del pensamiento, la filosofía y todos los saberes que nacen de ésta. El método de Sócrates permitía a los hombres cuestionarse a sí mismos, y lo que es más importante, empezar a conocer las cosas de verdad.

Podemos decir que la escuela del conocimiento compartido (que yo me acabo de inventar) se prolonga desde entonces con sus altibajos. Durante la Edad Media, el índice de analfabetismo era muy alto y el conocimiento culto se reservaba casi únicamente a los monjes recluidos en los monasterios.

Es con la invención de Gutenberg cuando la cosa coge carrerilla. La imprenta ideada por el alemán en el s. XV permite reproducir rápidamente libros y panfletos sin necesidad de copiarlos a mano. Se reducía el coste y se ampliaba el rango de actuación de escritores, filósofos, artistas y científicos. El conocimiento, al igual que el universo, se expande.

Ahora llegamos a la premisa que me lleva intrigando algún tiempo; ¿por qué parece haberse detenido este avance en la época que más fácil lo tenemos? La creación de internet y las redes sociales permite a cualquier individuo, como yo, crear y apostar por el conocimiento. No obstante, la práctica del conocimiento hermético parece esparcirse cada vez más en ámbitos varios. ¿Por qué no se prestan apuntes en las universidades? Quizá porque el autor y poseedor de los mismos cree que debe reservarse el conocimiento para él o que puede ser perjudicado por esta acción. ¿Por qué hay cada vez más “intelectuales” en su torre de marfil? Hay que diferenciar esto de intelectual, pero es algo que también me asombra; si te consideras una persona sabia, podrías compartir tus conocimientos para crear un ambiente culto a tu alrededor.

En fin, si esta tendencia sigue a la alta, sólo quedaremos unos pocos en el reducto del bien. Me conformo con que haya un reducto y unos pocos.